Muros encalados y celosías azules sobre el golfo en Sidi Bou Said
Encaramado sobre un acantilado escarpado que domina el golfo de Túnez y la silueta del monte Boukornine, Sidi Bou Said es una de las villas costeras más hermosas y poéticas del Mediterráneo. Debe su nombre al místico sufí Abu Said al-Baji y seduce con su inconfundible armonía arquitectónica de muros encalados y celosías de hierro azul cobalto.
Por Daniel
Encaramado sobre un acantilado escarpado que domina el golfo de Túnez y la silueta del monte Boukornine, Sidi Bou Said es una de las villas costeras más hermosas y poéticas del Mediterráneo.
Debe su nombre al místico sufí Abu Said al-Baji y seduce con su inconfundible armonía arquitectónica de muros encalados y celosías de hierro azul cobalto.

- Ubicación
- A 20 km al noreste de Túnez (terminal del tren TGM)
- Cafés emblemáticos
- Café des Nattes (en la plaza) y Café des Délices (sobre el acantilado)
- Mejor momento
- Final de la tarde para contemplar la puesta de sol sobre el golfo
- Bebida típica
- Té verde con piñones frescos o café aromatizado con azahar
Inspiración de poetas, pintores y viajeros
A comienzos del siglo XX, el barón Rodolphe d'Erlanger se estableció en la villa y promovió el decreto de 1915 que protege su estricta paleta cromática blanca y azul.
Pintores de la talla de Paul Klee, August Macke y Louis Moilliet encontraron aquí la luz diáfana de la costa tunecina, que dejó huella en su obra.
Arquitectura morisca y celosías Moucharabieh
Caminar por la empinada calle Habib Thameur permite descubrir los célebres miradores cerrados de madera trabajada (moucharabieh), arcos de medio punto sobre capiteles antiguos y buganvillas fucsias que contrastan con el blanco inmaculado de las fachadas.
Cada portal de madera claveteada presenta diseños protectores como la mano de Fátima, peces de la buena suerte o medias lunas.
Palacio Ennejma Ezzahra y Museo de la música
En el extremo meridional del pueblo se alza el Palacio Ennejma Ezzahra ('La Estrella Brillante'), residencia orientalista del barón d'Erlanger. Rodeado de jardines aterrazados frente al mar, acoge el Centro de Músicas Árabes y Mediterráneas, con una amplia colección de instrumentos tradicionales, salones de estuco andalusí y azulejos venecianos.
El místico Abu Said al-Baji y el origen espiritual del promontorio
Mucho antes de convertirse en un imán de atracción turística internacional, la villa de Sidi Bou Said nació como un retiro de recogimiento espiritual y vigilancia costera.
El promontorio rocoso sobre el que se asienta era conocido en época altomedieval como Jabal al-Manar (la Montaña del Faro), un punto estratégico donde se levantaba una pequeña rábida fortificada cuyos centinelas encendían hogueras nocturnas para alertar a las poblaciones del golfo ante incursiones marítimas hostiles.
Entre finales del siglo doce y comienzos del trece, el maestro sufí Abu Said Khalaf ibn Yahya al-Tamimi al-Baji decidió retirarse a este solitario peñón. En lo alto del acantilado fundó una comunidad de oración y meditación mística que atrajo a numerosos discípulos.
Tras su fallecimiento en 1231, su sepulcro se convirtió en un concurrido santuario (zawiya), en torno al cual los campesinos y devotos comenzaron a levantar casas encaladas, dando origen a la aldea que adoptó su nombre reverencial.
Durante siglos, el pueblo fue sobre todo un lugar de peregrinación y retiro, conservando una atmósfera de sosiego místico que todavía se percibe en los callejones silenciosos que ascienden hacia la zawiya.
El decreto de 1915 y la preservación cromática blanca y azul
La llamativa uniformidad estética que distingue a Sidi Bou Said no es fruto del azar, sino de una pionera iniciativa de conservación patrimonial promovida a principios del siglo veinte por el barón Rodolphe d'Erlanger.
Este barón franco-británico de sensibilidad artística, enamorado de la luz mediterránea y de la cultura tunecina, se afincó en la villa y lideró una enérgica campaña para proteger su arquitectura tradicional frente a la especulación inmobiliaria.
Gracias a su impulso, las autoridades promulgaron el histórico decreto del 28 de agosto de 1915, considerado una de las primeras normas de protección de un conjunto urbano.
La normativa obligó a pintar las fachadas de blanco y a reservar el tono azul cobalto o celeste para puertas, contraventanas de madera, rejas de hierro forjado y celosías abombadas.
Caminar hoy por sus empinadas callejuelas permite apreciar el virtuosismo de las celosías de moucharabieh, elaboradas con varillas de madera torneada que permitían a las mujeres contemplar el exterior y recibir la brisa marina sin ser vistas.
En los balcones resalta también la manufactura artesanal de las jaulas para pájaros de Sidi Bou Said, delicadas obras de filigrana metálica curvada en forma de cúpulas árabes.
El contraste cromático se ve realzado por la exuberancia vegetal de los patios andalusíes ocultos tras los muros.
Grandes enredaderas de buganvilla fucsia trepan por los arcos de piedra caliza, mientras que jazmines reales, hibiscos y limoneros perfuman los adoquines húmedos, creando una atmósfera sensorial que cautivó a los viajeros románticos del siglo diecinueve.
El Faro de Sidi Bou Said y el mirador del acantilado
En la cumbre más alta del promontorio se erige el Faro de Sidi Bou Said, levantado a mediados del siglo diecinueve en lo alto del promontorio.
Aunque el acceso al interior de la torre se encuentra reservado al personal técnico de señalización marítima, el mirador que se extiende a sus pies ofrece una de las panorámicas más conmovedoras de todo el norte de África.
Desde esta atalaya natural, la mirada abarca la inmensidad del golfo de Túnez enmarcado por las aguas azul turquesa, las crestas rocosas de Cap Bon que se perfilan hacia el este y los dos picos gemelos del monte Boukornine hacia el sur.
En los días despejados, la transparencia del aire permite divisar los barcos mercantes que aguardan turno de entrada en el puerto de La Goulette.
Desde la explanada superior parten empinadas escalinatas empedradas que descienden en zigzag a través de laderas cubiertas de chumberas, pinos marítimos y agaves, conduciendo hasta el pequeño puerto deportivo y la playa situada a los pies del acantilado.
Villa costera fundada en el siglo trece en torno al santuario sufí de Abu Said al-Baji.
Pionero decreto de protección de 1915 que consagró la paleta cromática blanca y azul.
Mirador del Faro con vistas panorámicas al golfo de Túnez y al monte Boukornine.
Tradición artesanal del machmoum de jazmín fresco y buñuelos dulces de bambalouni.
Tradición del jazmín y delicias dulces locales
El paseo por Sidi Bou Said está indisolublemente ligado al aroma sutil del jazmín blanco, la flor más querida y representativa de Túnez.
En las plazas y cruces peatonales es habitual cruzarse con ancianos artesanos que portan bandejas con machmoums, pequeños y apretados ramilletes florales confeccionados a mano insertando capullos de jazmín aún cerrados en agujas de paja de esparto, que los paseantes adquieren para prenderlos en la solapa o colocarlos tras la oreja.
Otra costumbre gastronómica sumamente popular entre los visitantes consiste en degustar un bambalouni acabado de freír.
Este dulce tradicional es una generosa rosquilla de masa de harina frita en aceite bien caliente y espolvoreada con azúcar blanca, que se sirve humeante en papel de estraza y reconforta el paladar tras subir las cuestas del pueblo.
Completar la experiencia disfrutando de un té verde a la menta fresca con piñones tostados o un café aromatizado con unas gotas de agua de azahar en las terrazas escalonadas de las cafeterías tradicionales constituye uno de los momentos de descanso más celebrados de la visita.
Pautas de visita y acceso mediante el tren TGM
La forma más práctica y evocadora de llegar a Sidi Bou Said desde el centro de Túnez es abordar el tren de cercanías TGM en la estación Tunis Marine.
El trayecto dura unos treinta y cinco minutos a través de un recorrido costero que bordea el lago de Túnez y las estaciones de Cartago, depositando a los viajeros en la estación de Sidi Bou Said, a los pies de la colina.
Desde la estación parte una suave subida peatonal de unos diez minutos que asciende hasta la plaza central del pueblo. Conviene acudir a media tarde para recorrer las calles con tranquilidad, desviándose por los callejones residenciales secundarios donde la vida transcurre ajena al bullicio de los comercios turísticos.
Se aconseja calzar zapatillas con buen agarre para caminar sobre los adoquines empinados y resbaladizos, y llevar una chaqueta ligera para la caída de la tarde, momento en el que la brisa marina del golfo refresca notablemente el ambiente mientras el sol se oculta en el horizonte.
Al recorrer los callejones residenciales, se ruega mantener una actitud discreta y respetar la privacidad de los vecinos locales, evitando fotografiar directamente el interior de las viviendas cuando los portones principales se encuentren entreabiertos para ventilar los patios.





