Las Termas de Antonino, el mayor balneario romano fuera de Roma

Construidas entre los años 145 y 162 d.C. bajo el mandato de los emperadores Antonino Pío y Marco Aurelio, las Termas de Antonino en Cartago fueron el complejo termal más monumental de la provincia romana de África y el mayor del Imperio fuera de Roma, extendiéndose imponentemente a lo largo de la orilla del mar Mediterráneo.

Por

Monumental columna reconstruida de las Termas de Antonino frente a la costa de Cartago.
Bernard Gagnon (CC BY-SA 3.0)
Ubicación
Orilla marítima de Cartago, junto al Palacio Presidencial
Columna del Frigidarium
Columna gris reconstruida, de más de doce metros de altura
Fotografía
Permitida en las ruinas; estrictamente prohibido enfocar el palacio vecino

Ingeniería hidráulica frente a las olas

El emplazamiento costero obligó a los ingenieros romanos a levantar el complejo sobre una vasta planta de sótano con bóvedas de arista que aislaban las salas nobles de la humedad del mar y albergaban las calderas de leña (praefurnia) y los depósitos subterráneos.

El agua dulce llegaba desde las montañas de Zaghouan a más de 130 kilómetros de distancia mediante el monumental acueducto romano.

La grandiosidad del frigidarium y las salas térmicas

En la planta principal superior, hoy desaparecida pero deducible por sus basamentos, se articulaban el inmenso frigidarium central con ocho colosales columnas corintias, el caldarium, las piscinas de inmersión y dos gimnasios simétricos (palaestrae) donde los ciudadanos ejercitaban el cuerpo antes del baño.

Paseo arqueológico y Jardín epigráfico

El parque arqueológico que circunda las termas contiene además restos de otras épocas y un jardín epigráfico con sarcófagos y capiteles esculpidos.

Caminar entre los arcos del sótano con la brisa marina y el sonido de las olas crea una experiencia arqueológica muy evocadora.

Distribución simétrica y programa balneario imperial

Las termas de Antonino, inauguradas a mediados del siglo II d.C. bajo el mandato del emperador Antonino Pío y concluidas durante el gobierno de Marco Aurelio, constituían el mayor complejo termal de todo el continente africano y uno de los más colosales del mundo romano, solo por detrás de las posteriores instalaciones imperiales levantadas en la capital de Roma.

Lo más sobresaliente de su diseño arquitectónico era su equilibrada disposición axial y simétrica, concebida para ordenar la circulación simultánea de centenares de usuarios.

A ambos lados de un eje central que dividía el recinto en dos mitades gemelas, los bañistas disponían de palestras descubiertas para ejercitarse físicamente, vestuarios o apodyteria, y salas templadas o tepidaria antes de confluir en las áreas de baño común.

Esta planta simétrica permitía separar flujos de bañistas o acomodar distintas funciones cívicas sin que se produjeran aglomeraciones en los accesos.

La orientación del edificio estaba estudiada al milímetro para aprovechar las condiciones climáticas del norte de África: las salas cálidas, como los caldaria y las saunas o sudatoria, se disponían para aprovechar el calor del sol, mientras que el monumental frigidarium o sala fría daba la cara directamente al mar, recibiendo la brisa refrescante del golfo de Túnez a través de enormes arcadas acristaladas que enmarcaban las olas mediterráneas.

El circuito de calor y las galerías del subsuelo

Lo que hoy resulta más llamativo para quien recorre el yacimiento es el nivel inferior o sótano de servicio, una densa red de galerías abovedadas y pilares de mampostería que sostenía los pisos superiores del balneario.

En la época de esplendor imperial, los ciudadanos nunca accedían a este espacio subterráneo, reservado por entero a cuadrillas de trabajadores y fogoneros que operaban en condiciones asfixiantes.

Desde aquí se atendían los praefurnia o bocas de horno que quemaban toneladas diarias de madera para calentar tanto las calderas de bronce que alimentaban las piscinas como el aire que circulaba bajo los pavimentos suspendidos o hypocaustum.

El aire abrasador generado en los hornos ascendía a través de conductos bajo el suelo y se distribuía por las paredes de las salas cálidas mediante un sofisticado revestimiento de ladrillos huecos y tubos cerámicos llamados tubuli.

De este modo, las estancias se calentaban por radiación uniforme desde el suelo y los muros, sin que el humo invadiera jamás las zonas de descanso.

Caminar hoy entre estos arcos subterráneos desprovistos de su techumbre original permite entender la magnitud de la maquinaria térmica y el ingenio constructivo que hacían funcionar este prodigio de la técnica romana.

Las columnas colosales y el expolio arquitectónico

La escala colosal del complejo se hace evidente al contemplar la solitaria columna gris alzada nuevamente en su emplazamiento original por los arqueólogos en el siglo XX.

Con más de doce metros de altura y un capitel corintio de mármol blanco de varias toneladas, esta pieza monolítica constituía uno de los ocho pilares que sostenían la inmensa bóveda de crucería del frigidarium central.

Las columnas y los mármoles polícromos procedían de canteras lejanas, lo que evidencia el extraordinario esfuerzo logístico de transporte marítimo requerido para su edificación en la orilla cartaginesa.

Tras el declive del dominio imperial y los terremotos que quebraron las bóvedas en la tardoantigüedad, el yacimiento sirvió durante siglos como una cantera abierta de materiales nobles.

Flotas de Pisa y Génova transportaron fustes, dinteles y capiteles enteros para embellecer catedrales y palacios italianos, mientras que los gobernantes de la medina tunecina reutilizaron sillares y cornisas para levantar mezquitas y fortalezas.

A pesar de este continuo desmantelamiento histórico, los basamentos y fragmentos supervivientes transmiten con contundencia la majestuosidad espacial que caracterizó a Cartago en su época romana.

Los mosaicos y el programa decorativo de los baños

Junto a la grandiosidad arquitectónica de sus bóvedas y fustes colosales, las termas de Antonino destacaban por un elaborado programa ornamental concebido para deslumbrar a los ciudadanos y ensalzar la munificencia del poder imperial.

Los suelos de las salas secas y los pasillos perimetrales estaban revestidos con intrincados mosaicos polícromos de teselas de mármol y pasta vítrea, cuyos motivos entrelazaban figuras marinas, tritones, nereidas y diseños geométricos que imitaban tapices extendidos sobre la piedra.

Aunque parte de estos tapices pétreos se conserva hoy en museos, todavía pueden observarse fragmentos en sus emplazamientos originales engastados en los pavimentos de las palestras.

Las paredes no quedaban a la zaga en riqueza material: estaban aplacadas con losas de mármol de tonos rosados, amarillos y verdosos traídos de canteras de Numidia y de islas del mar Egeo, fijadas a los muros de mampostería mediante grapas metálicas.

En las hornacinas superiores se alternaban estatuas de deidades protectoras de la salud y el agua, creando una atmósfera de lujo palaciego donde el aseo cotidiano se convertía en una experiencia estética envolvente para los habitantes de la colonia.

Suministro de agua desde Zaghouan y las cisternas

Mantener operativas las piscinas, albercas y fuentes de semejante balneario demandaba un caudal hídrico constante y descomunal en una región de veranos secos y calurosos.

La solución fue la construcción del acueducto de Zaghouan, una de las mayores obras de ingeniería hidráulica de la antigüedad, que transportaba agua potable a lo largo de más de ciento treinta kilómetros desde los manantiales montañosos del interior hasta la costa cartaginesa.

El agua desembocaba en las monumentales cisternas de La Malga, un complejo de almacenamiento subterráneo con capacidad para millones de litros, desde donde descendía por tuberías hacia el frente marítimo.

Una vez en el recinto termal, el agua alimentaba no solo las piscinas de inmersión y las salas de baño, sino también una compleja red de fuentes ornamentales y letrinas públicas con desagüe continuo.

El excedente y las aguas utilizadas se desaguaban directamente al mar a través de colectores abovedados que atravesaban la franja costera, manteniendo la higiene urbana y evitando acumulaciones estancadas en una gran urbe en su momento de mayor pujanza.

Recomendaciones para recorrer el yacimiento costero

La visita a las termas de Antonino resulta especialmente placentera si se combina la observación de las estructuras arqueológicas con un paseo por los senderos arbolados que bordean la ribera marítima.

El contraste entre la piedra milenaria batida por el salitre y el azul del golfo brinda un entorno propicio para la contemplación histórica.

Se recomienda comenzar el circuito desde la plataforma superior para obtener una visión panorámica de la planta del complejo antes de descender al nivel de los hornos y las galerías subterráneas.

  • Baja por las rampas de acceso al nivel del sótano para observar de cerca la robustez de los pilares de carga y los arcos de ladrillo.

  • Contempla la columna reconstruida para tomar escala de la altura original que alcanzaban las salas principales del balneario.

  • Recorre el jardín perimetral donde se conservan estelas funerarias, mosaicos geométricos y capiteles rescatados en las excavaciones.

  • Utiliza calzado cómodo con suela de buen agarre, ya que el sendero discurre entre losas de piedra que presentan desniveles naturales.

  • Complementa el recorrido con las cisternas de La Malga y la colina de Byrsa para comprender la integración del sistema urbano cartaginés.

Explora más destinos y recursos

Para saber más