Akaroa, calles con nombres franceses dentro de un cráter volcánico
Akaroa, enclavada en un colosal cráter volcánico inundado por el mar en la península de Banks a hora y media de Christchurch, es un asentamiento colonial de origen francés en Nueva Zelanda. Destaca por sus calles con nombres franceses, bistrós de cocina gala y aguas tranquilas donde habita el delfín de Héctor, la especie de delfín más pequeña del mundo.
Por Natalia
Información clave
Akaroa, enclavada en un colosal cráter volcánico inundado por el mar en la península de Banks a hora y media de Christchurch, es un asentamiento colonial de origen francés en Nueva Zelanda.
Destaca por sus calles con nombres franceses, bistrós de cocina gala y aguas tranquilas donde habita el delfín de Héctor, la especie de delfín más pequeña del mundo.
- Herencia colonial
- Fundada en 1840 por colonos franceses de la compañía Nanto-Bordelaise
- Origen geológico
- Antiguo cráter colapsado de un colosal volcán marino extinto
- Especie marina estrella
- Delfín de Héctor (Cephalorhynchus hectori), con aleta dorsal redondeada
- Actividad estrella
- Cruceros de baño con delfines silvestres provistos de neopreno
- Distancia
- Unos 80 kilómetros al sureste de Christchurch por la escénica Highway 75
Qué ver y experiencia en la visita

La travesía por carretera desde Christchurch hacia Akaroa asciende por la espectacular península de Banks, una formación volcánica circular labrada de profundas bahías y colinas escarpadas.
Al descender hacia el puerto de Akaroa, el viajero descubre una villa encantadora con banderas tricolores francesas, nombres de calles como Rue Jolie o Rue Lavaud y cabañas de madera rodeadas de rosales.
En agosto de 1840, un grupo de colonos franceses y alemanes llegó a la bahía para fundar una colonia francesa en la Isla Sur, solo para descubrir que las autoridades británicas se les habían adelantado por escasos días izando la Union Jack tras la firma del Tratado de Waitangi.
A pesar de ello, los colonos se establecieron pacíficamente, dejando una impronta gastronómica y arquitectónica única en el país.
Las aguas resguardadas del puerto son el hogar predilecto del delfín de Héctor, una joya zoológica endémica de Nueva Zelanda que ronda el metro y medio de longitud.
Operadores locales organizan cruceros ecológicos certificados que permiten enfundarse trajes de neopreno y deslizarse en el agua para nadar en libertad junto a estos simpáticos cetáceos de aleta en forma de oreja de ratón.
Antes de los franceses: la historia maorí de la península
Mucho antes de la llegada de los europeos, la península de Banks, conocida en maorí como Te Pātaka o Rākaihautū, era un territorio importante para los pueblos maoríes del sur, en especial para Ngāi Tahu.
Sus bahías resguardadas ofrecían pesca abundante, aves y bosques, y en sus orillas se levantaban asentamientos y pā fortificados. El propio nombre de Akaroa procede de la lengua maorí del sur y suele traducirse como puerto largo, una descripción muy precisa de la forma alargada de la bahía.
En la orilla de la bahía se encuentra la pequeña península de Ōnawe, donde se alzaba un pā que fue escenario de un ataque devastador a comienzos de la década de 1830, durante las guerras entre distintos grupos maoríes de la época.
Es un lugar con un fuerte significado para Ngāi Tahu, y conviene recordarlo al recorrer la zona: detrás de la imagen tranquila y afrancesada de Akaroa hay una historia mucho más larga y compleja que empezó siglos antes de que llegara el primer barco europeo.
Un paseo por el pueblo
Akaroa se recorre fácilmente a pie. La calle principal sigue la orilla de la bahía, con cafés, restaurantes, galerías y tiendas, y desde ella salen calles más tranquilas que suben por la ladera entre casas de madera con jardines muy cuidados.
Muchas de esas casas datan del siglo XIX y conservan galerías, tejados de chapa pintada y detalles de carpintería que dan al pueblo su aire decimonónico. Pasear sin rumbo es una de las mejores cosas que se pueden hacer aquí.
Entre los lugares que vale la pena buscar están el Museo de Akaroa, que cuenta la historia maorí, francesa y británica de la península e incluye una de las casas más antiguas del pueblo, y el viejo faro, que en su día se trasladó desde la entrada de la bahía hasta su ubicación actual junto al agua.
También merece la pena subir al antiguo cementerio francés, un lugar tranquilo entre árboles que recuerda a los primeros colonos.
El Museo de Akaroa, para entender las distintas capas de historia de la península.
El faro de madera, junto a la orilla.
El antiguo cementerio francés, en lo alto de la ladera.
The Giant's House, un jardín lleno de esculturas y mosaicos de colores creado por una artista local.
La carretera y los miradores
Parte del encanto de la excursión está en el propio camino. La carretera desde Christchurch atraviesa primero la llanura de Canterbury y luego se adentra en la península, pasando junto al lago Ellesmere y el pueblo de Little River antes de empezar a subir.
En lo alto del paso, la vista sobre la bahía de Akaroa aparece de repente, con el agua azul encajada entre las laderas del antiguo volcán: es uno de los momentos más fotogénicos del día, y conviene detenerse si el tráfico lo permite.
Si tienes tiempo y conduces con soltura, puedes tomar la Summit Road, una carretera estrecha que recorre las crestas del antiguo cráter con vistas a ambos lados, hacia las bahías del interior y hacia el océano Pacífico.
En la bajada hacia Akaroa, la zona de Barrys Bay es conocida por su tradición quesera, y es una parada habitual para quienes recorren la península.
Consejos para la excursión
Akaroa se puede visitar en un día desde Christchurch, pero si te gusta caminar o quieres hacer alguna actividad en el agua, vale la pena pasar una noche para disfrutar del pueblo cuando se van los visitantes de día.
La carretera tiene tramos de curvas cerradas y pendientes, así que conviene conducir con calma, sobre todo si no estás acostumbrado a conducir por la izquierda. Existen también autobuses y excursiones organizadas para quienes prefieren no conducir.
Ten en cuenta que el pueblo también es puerto de escala de cruceros, y algunos días recibe muchos visitantes a la vez. El tiempo en la península cambia con rapidez, así que lleva una capa de abrigo incluso en verano.
Las salidas en barco para ver delfines y fauna marina dependen del estado del mar; los horarios, precios y condiciones de los operadores conviene consultarlos directamente antes de reservar.
Qué ver cerca
Las aguas que rodean la península forman parte de un santuario de mamíferos marinos creado para proteger al delfín de Héctor, y en las costas cercanas también habitan focas y pingüinos.
En algunas bahías del lado oriental de la península hay colonias de pingüinos que se pueden visitar con guías locales, una actividad pensada para no molestar a los animales.
Para caminantes, la península ofrece senderos por las colinas, entre restos de bosque nativo y pastos, con vistas sobre las bahías.
De regreso a Christchurch, otra opción es volver por el otro lado de la península hacia el puerto de Lyttelton, con su pequeño centro de cafés y mercados, o detenerse en alguna de las bahías del camino para disfrutar del paisaje volcánico con más calma.
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