Mosaicos de Dougga, Cartago y El Jem en un palacio del Bardo
Instalado en un fastuoso palacio beylikal del siglo XIX en los suburbios occidentales de Túnez, el Museo Nacional del Bardo es célebre por custodiar una de las mayores colecciones de mosaicos romanos del mundo, rescatados de yacimientos legendarios como Dougga, Cartago, Susa y El Jem.
Por Daniel

- Ubicación
- Barrio de Le Bardo, accesible en metro ligero (Línea 4)
- Obra cumbre
- Mosaico de Virgilio redactando la Eneida junto a las Musas
- Tiempo necesario
- Mínimo 2 a 3 horas para apreciar las salas principales
Un escenario palaciego de belleza sublime
El continente es tan sublime como el contenido: el museo ocupa los antiguos salones de audiencias, harenes y patios de los beyes muraditas y husainíes.
Los techos de madera artesonada tallada a mano, las cúpulas de escayola con arabescos andalusíes y las columnas de mármol de Carrara proporcionan un marco escenográfico aristocrático para la contemplación del arte clásico.
Mosaicos romanos: el cine de la antigüedad
Los pavimentos musivarios expuestos en las paredes y suelos narran vívidamente la vida cotidiana y la mitología de la fértil África proconsular: escenas de banquetes dionisiacos, cacerías de fieras para los anfiteatros, triunfos marinos de Neptuno rodeado de nereidas y el celebérrimo retrato de Virgilio sentado con un rollo de papiro mientras las musas Clío y Melpómene le inspiran los versos de la Eneida.
Colecciones púnicas, griegas e Islámicas
Además de la apabullante galería romana, el Bardo exhibe bronces helenísticos recuperados del pecio submarino de Mahdia, joyería y estelas votivas púnicas de Cartago, y valiosos manuscritos y astrolabios islámicos, lo que convierte su visita en la lección de historia más completa que puede vivirse en el Mediterráneo sur.
Historia del Palacio Beylikal y su transformación en museo
El Museo Nacional del Bardo debe gran parte de su encanto al singular diálogo entre sus colecciones arqueológicas y el fastuoso marco arquitectónico que las cobija.
El complejo palaciego fue erigido originariamente en el siglo quince por los soberanos hafsíes en las afueras de la capital, convirtiéndose más tarde en la suntuosa residencia oficial de los beyes muraditas y husainíes, quienes ampliaron las dependencias cortesanas con patios andalusíes, salones de audiencias y amplias estancias residenciales.
A finales del siglo diecinueve, bajo la administración del protectorado, el palacio fue transformado en institución museística pública, inaugurándose en 1888 con el nombre inicial de Museo Alaoui en honor al monarca reinante Ali Muddat ibn al-Husayn.
Tras la independencia de Túnez, hacia 1958, la institución adoptó su denominación actual y emprendió un ambicioso programa de conservación patrimonial que consolidó su prestigio internacional.
Al recorrer los salones históricos, la mirada oscila entre las piezas grecorromanas y la opulencia de la decoración vernácula.
Destacan los techos artesonados de madera de cedro minuciosamente tallados y policromados, las yeserías caladas con motivos florales de inspiración morisca y las arcadas de mármol blanco de Carrara que comunican las antiguas salas del harén beylikal.
En la planta noble se encuentra la fastuosa Gran Sala de Cúpula, cuyo artesonado central de madera dorada deslumbra por su tracería geométrica inspirada en los palacios de Estambul.
Las paredes inferiores están revestidas con paneles de azulejos policromados de fabricación tunecina que combinan motivos florales con lacerías islámicas, creando un ambiente cortesano que transporta de inmediato a la época en que los dignatarios del bey deliberaban sobre los asuntos del reino.
El mosaico de Virgilio y las obras maestras musivarias
La colección de mosaicos del Bardo constituye un testimonio visual extraordinario sobre la vida social, agraria y mitológica de la provincia romana de África Proconsular.
Entre los centenares de paneles conservados, la pieza más célebre y reproducida es el retrato del poeta Virgilio, desenterrado en 1896 en el yacimiento de Hadrumeto (la actual ciudad de Susa).
Datado en el siglo tercero, este mosaico muestra al escritor latino sentado en una cátedra sosteniendo en su regazo el rollo de papiro con los primeros versos de la Eneida, escoltado por Clío, la musa de la historia que sostiene un papiro de lectura, y Melpómene, la musa de la tragedia provista de una máscara teatral trágica.
Se considera una de las representaciones más antiguas conocidas del poeta, aunque no es un retrato hecho en vida.
Otra obra cumbre es el monumental Triunfo de Neptuno procedente de Chebba, una colosal composición musivaria donde el dios del mar cabalga sobre un carro marino tirado por hipocampos en medio de un alegre cortejo de nereidas, tritones y delfines.
Asimismo, el célebre mosaico del Señor Julio, hallado en las colinas de Cartago, ilustra con admirable realismo el funcionamiento de una gran hacienda rural africana a lo largo de las cuatro estaciones, mostrando escenas de caza, vendimia y entrega de tributos.
El tesoro submarino del pecio de Mahdia
En una de las salas más conocidas del museo se custodia el conjunto escultórico del pecio de Mahdia, fruto de un hallazgo arqueológico marino fortuito ocurrido en 1907.
Pescadores de esponjas griegos localizaron los restos sumergidos de una nave mercante romana naufragada en el siglo primero antes de nuestra era a varios kilómetros de la costa oriental tunecina.
Las sucesivas campañas de rescate subacuático recuperaron un valioso cargamento de obras de arte helenísticas expoliadas en Grecia y destinadas al mercado de aristócratas romanos.
Entre las piezas rescatadas destaca la estatua de bronce de un joven alado, conocido como Agón o Eros, así como un herma de Dioniso relacionado con el escultor Boetos de Calcedonia y monumentales cráteras de mármol pentélico con relieves de bacanales.
En el ala dedicada a la civilización cartaginesa se exhiben máscaras funerarias de terracota con muecas sonrientes destinadas a espantar los malos espíritus, delicados amuletos de pasta de vidrio polícroma con forma de cabezas de halcón y estelas votivas de piedra caliza grabadas con el signo de Tanit.
Estos objetos cotidianos y devocionales permiten adentrarse en la compleja espiritualidad de la gran potencia marítima fenicia que dominó el Mediterráneo occidental.
Antigua residencia de los beyes de Túnez con artesonados polícromos y yeserías andalusíes.
Mosaico de Virgilio con la Eneida entre las musas Clío y Melpómene.
Colección de esculturas de bronce y mármol rescatadas del pecio griego de Mahdia.
Ampliación arquitectónica contemporánea con amplios pabellones de luz natural cenital.
La ampliación arquitectónica contemporánea
Para albergar su creciente inventario y modernizar las condiciones de conservación, el museo acometió una profunda intervención arquitectónica concluida en 2012.
El proyecto dotó a la institución de una moderna estructura anexa de vidrio y hormigón blanco que añadió unos 8.000 metros cuadrados sin desvirtuar la escala del palacio otomano preexistente.
Los nuevos pabellones destacan por sus amplias galerías de doble altura bañadas por luz cenital tamizada, permitiendo montar en posición vertical gigantescos pavimentos musivarios que antes yacían en el suelo.
En el vestíbulo central contemporáneo se exhibe una estatuaria imperial de mármol blanco procedente del yacimiento de Bulla Regia y de Cartago, presidida por efigies solemnes de emperadores y matronas romanas.
Entre las piezas tardoantiguas destacan los mosaicos paleocristianos y bizantinos procedentes de basílicas de Kelibia y Cartago, entre los que descuella una espectacular pila bautismal cruciforme completamente forrada de teselas polícromas que representan peces, palomas de la paz y crismones, reflejando el fervor religioso que caracterizó al África romana en vísperas de la llegada árabe.
Consejos de visita y acceso en metro ligero
El museo se ubica en el suburbio de Le Bardo, a unos cuatro kilómetros al oeste del casco histórico de Túnez.
La forma más ágil y cómoda de llegar desde la avenida Habib Bourguiba o la plaza de la República es tomar la línea cuatro del metro ligero metropolitano, apeándose en la parada Bardo situada a escasos trescientos metros del pórtico de acceso.
Dada la magnitud de las colecciones, conviene reservar al menos entre dos y tres horas completas para recorrer las salas principales con la debida calma.
Se aconseja llevar calzado cómodo para transitar por las extensas galerías y tener presente que el uso de flash se encuentra restringido en todas las salas para proteger la conservación de los pigmentos minerales de los mosaicos.
Para una experiencia sosegada, resulta prioritario acudir a primera hora de la mañana, poco después de la apertura matinal de los accesos, antes de que lleguen grupos numerosos de visitantes.
El museo dispone de consigna para bultos pesados, paneles explicativos en árabe y francés, y una completa librería donde adquirir catálogos especializados dedicados a la arqueología y al arte musivario del norte de África.





