Setecientos monumentos y zocos por gremios en la medina de Túnez

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979, la Medina de Túnez es uno de los conjuntos urbanos medievales islámicos mejor conservados del norte de África. Fundada a finales del siglo VII alrededor de la venerable Mezquita Zitouna, alberga unos setecientos monumentos, zocos gremiales especializados y suntuosos palacios nobiliarios.

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Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979, la Medina de Túnez es uno de los conjuntos urbanos medievales islámicos mejor conservados del norte de África.

Fundada a finales del siglo VII alrededor de la venerable Mezquita Zitouna, alberga unos setecientos monumentos, zocos gremiales especializados y suntuosos palacios nobiliarios.

Callejón abovedado y zocos cubiertos de la Medina medieval de Túnez.
Mohamed Helmi Dalhoumi (CC BY-SA 4.0)
Ubicación
Centro histórico de Túnez, junto a la plaza Bab Bhar (Porte de France)
Tiempo recomendado
3 a 5 horas para perderse entre sus gremios y patios
Consejo de compra
El regateo cordial es parte esencial en alfombras, perfumes y cuero

Laberinto monumental de historia islámica

La Medina despliega un trazado orgánico diseñado para proteger a sus habitantes de invasiones y del rigor climático.

Pasear por sus callejones abovedados revela puertas tachonadas de clavos negros sobre madera amarilla o azul, madrazas coránicas decoradas con yeserías hispanomusulmanas y tranquilos callejones sin salida donde persiste la vida vecinal tradicional ajena al bullicio comercial.

Los zocos gremiales y sus aromas milenarios

Siguiendo la jerarquía urbana clásica, los gremios más nobles rodean directamente la Mezquita Zitouna: el Souk El Attarine (perfumistas y esencias de jazmín y azahar) y el Souk Ech-Chaouachia (antiguos fabricantes del fez o chechía roja tunecina).

Más alejados se disponen los zocos del cuero, la orfebrería de oro y plata y las coloridas tiendas de tejidos y alfombras bereberes.

Palacios ocultos y terrazas panorámicas

Detrás de portones discretos se esconden palacios otomanos y beylikales de gran sofisticación, como Dar Ben Abdallah, Dar Othman y Dar Lasram.

Muchos han sido reconvertidos en centros culturales o cafeterías donde merece la pena subir a las azoteas al atardecer para contemplar un mar de minaretes, cúpulas encaladas y tejados de tejas verdes.

Evolución histórica y el trazado almohade y hafsí

El nacimiento de la Medina de Túnez se remonta al año 698 de nuestra era, cuando el comandante árabe Hassan ibn al-Numan fundó el enclave tras el colapso decisivo de la Cartago bizantina, reconociendo el valor estratégico de su posición resguardada al fondo del lago de Túnez.

Sin embargo, la fisonomía urbana y el esplendor monumental que hoy cautiva a los visitantes corresponden fundamentalmente a la época hafsí, una dinastía berberisca que gobernó entre los siglos trece y dieciséis y convirtió la urbe en una de las capitales más prósperas y refinadas del Mediterráneo.

Durante esa edad dorada, la medina acogió sucesivas oleadas de refugiados andalusíes que aportaron sus avanzados conocimientos en agricultura, técnicas artesanales y diseño arquitectónico.

La estructura urbana se organizó de forma concéntrica: un núcleo central amurallado protegido por baluartes defensivos y flanqueado por dos arrabales históricos extramuros, Bab Souika al norte y Bab El Jazira al sur, cada uno provisto de sus propios mercados y oratorios de barrio.

Aunque las murallas exteriores fueron derribadas en gran parte durante las reformas urbanas decimonónicas, se conservan imponentes puertas fortificadas de piedra labrada como Bab Jedid y Bab Bhar, que delimitan con nitidez el tránsito entre la ciudad medieval y los bulevares contemporáneos.

Un rasgo estructural sumamente pintoresco son los sabats, pasadizos abovedados sobre los que se construyen estancias residenciales suspendidas que unen dos casas a ambos lados de la calle.

Estos túneles no solo optimizaban el espacio edificado dentro del perímetro amurallado, sino que generaban corrientes continuas de aire fresco que aliviaban el bochorno durante los meses estivales y servían de refugio ante las lluvias repentinas.

La arquitectura residencial y el simbolismo de las puertas

La trama urbana de la medina se distingue por su concepción introvertida, donde la vida doméstica se repliega hacia el interior para preservar la intimidad familiar del calor exterior y las miradas ajenas.

Al transitar por los callejones residenciales, las fachadas ciegas encaladas contrastan con las monumentales puertas de entrada, elaboradas en madera maciza de cedro y pintadas en tonalidades ocre amarillo o azul celeste.

Estas puertas exhiben un complejo lenguaje visual ejecutado mediante cientos de clavos de hierro forjado de cabeza redondeada.

Con ellos, los herreros artesanales dibujan motivos geométricos de arraigado simbolismo protector: la mano de Fátima (jamsa) contra el mal de ojo, peces entrelazados como augurio de fertilidad y estrellas de ocho puntas asociadas a la armonía cósmica.

Muchas de estas portadas disponen además de dos aldabas metálicas situadas a diferentes alturas: una pesada en la parte superior izquierda que produce un golpe grave para los visitantes masculinos, y otra más ligera en la parte derecha cuyo tañido agudo avisa a las mujeres del hogar para que acudan a abrir.

Las madrazas históricas y los centros del saber coránico

En torno a la gran mezquita central se articuló durante siglos una densa red de instituciones educativas islámicas, conocidas como madrazas.

Estos complejos colegiales albergaban aulas de teología y derecho, bibliotecas con manuscritos iluminados y dormitorios modestos para los estudiantes forasteros que acudían de todo el norte de África atraídos por el prestigio de la universidad tunecina.

Entre los conjuntos mejor preservados sobresale la Madraza Mouradiyya, erigida en el siglo diecisiete con una hermosa galería claustral, y la Madraza Slimaniyya, célebre por su pórtico monumental decorado con azulejos polícromos de Qallaline.

Estas cerámicas vidriadas exhiben motivos vegetales estilizados, jarrones con claveles y cipreses en tonos azul cobalto, verde esmeralda y amarillo azafrán, sintetizando la influencia ornamental otomana con las tradiciones vernáculas.

Pasear por los patios silenciosos de estas antiguas escuelas teológicas permite apreciar la maestría de los talladores de yeso, que labraron filigranas epigráficas con versos poéticos y caligrafía cúfica en los frisos que coronan las arquerías de medio punto.

  • Núcleo fundado en el año 698 con unos setecientos monumentos.

  • Puertas tradicionales de madera con clavazón geométrica y aldabas diferenciadas.

  • Colegios coránicos históricos revestidos con azulejos polícromos de Qallaline.

  • Gremio artesanal de chaouachis dedicados a la elaboración tradicional de la chechía roja.

El arte de la chechía en el Souk Ech-Chaouachia

En el corazón de los zocos comerciales se localiza el Souk Ech-Chaouachia, el barrio gremial donde resiste uno de los oficios más prestigiosos de la identidad tunecina: la manufactura de la chechía, el clásico gorro de fieltro de lana roja de forma cilíndrica.

Este oficio artesanal fue introducido y perfeccionado por maestros moriscos llegados de Andalucía a comienzos del siglo diecisiete, alcanzando tal relevancia económica que el gremio llegó a contar con jueces propios para dirimir litigios mercantiles.

La confección de cada chechía sigue un proceso tradicional muy minucioso que involucra múltiples etapas y localidades: el tejido manual de la lana merina en talleres domésticos, el batido en molinos bataneros fluviales, el teñido natural con extractos vegetales y el cardado con cardos silvestres secos para otorgarle su textura aterciopelada final.

Observar a los artesanos en sus diminutos talleres encajando los gorros en hormas de madera de olivo representa una lección viva de patrimonio etnográfico.

Aunque la tonalidad más extendida y tradicional es el rojo bermellón intenso, los talleres contemporáneos producen también piezas en tonos negro azabache, gris ceniza y azul marino destinadas a clientes de países subsaharianos y a jóvenes diseñadores locales que reinterpretan este accesorio ancestral.

Pautas de orientación y recomendaciones para el viajero

Para orientarse con soltura en el trazado laberíntico de la medina, conviene memorizar los dos ejes peatonales cardinales: la arteria principal que asciende desde Bab Bhar hasta la Mezquita Zitouna, y el eje transversal que conecta las tumbas reales de Tourbet El Bey al sur con la plaza del Gobierno al norte.

Al realizar compras de artesanía, orfebrería o especias, el regateo cordial se considera una norma social compartida.

Es aconsejable negociar con tranquilidad, una sonrisa y respeto mutuo, disfrutando de la conversación con los tenderos mientras te ofrecen una taza de té verde aromatizado con hojas de menta fresca y piñones tostados.

Se recomienda calzar zapatillas con buen agarre para caminar sobre las losas de piedra desgastadas por los siglos, y vestir prendas discretas que cubran hombros y piernas al recorrer los callejones adyacentes a oratorios y mezquitas históricas.

Al caer la tarde, una costumbre muy arraigada consiste en subir a los miradores situados en las azoteas de antiguos palacetes y antiguos caravasares (funduqs) reconvertidos en cafeterías tradicionales.

Desde estas alturas se contempla el horizonte salpicado de alminares octogonales, domos de piedra caliza y la silueta lejana de las colinas que abrazan el golfo de Túnez, mientras los almuédanos llaman a la oración vespertina.

Llevar algo de dinero en efectivo en dinares tunecinos resulta fundamental para adquirir piezas de orfebrería, cerámicas o dulces tradicionales de mazapán en los pequeños puestos familiares, que raramente disponen de terminales bancarios electrónicos.

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