Los Leakey buscaron nuestros orígenes en la Garganta de Olduvai

La Garganta de Olduvai (Oldupai en masái, por la planta silvestre de sisal), enclavada en las llanuras orientales entre Serengeti y Ngorongoro, es uno de los yacimientos paleoantropológicos más célebres de la Tierra. En sus estratos geológicos fosilíferos, Louis y Mary Leakey descubrieron fósiles y herramientas líticas que demostraron el origen africano de la especie humana.

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Ubicación
Llanuras de Serengeti oriental, en el Área de Conservación de Ngorongoro
Dimensiones
Barranco escarpado de 48 km de longitud y hasta 90 metros de profundidad
Hallazgos clave
Paranthropus boisei (1959), Homo habilis (1960) y herramientas de la cultura Olduvayense
Instalaciones
Centro de Visitantes y Museo de la Garganta de Olduvai, en el borde del barranco

En el camino de transición entre el cráter de Ngorongoro y las llanuras sin fin del Serengeti, la imponente falla geológica de la Garganta de Olduvai custodia la memoria más remota de la evolución humana en Tanzania.

Valle escarpado y estratos geológicos de la Garganta de Olduvai, cuna paleontológica de la humanidad.
Mike Krüger (CC BY-SA 4.0)

El paraíso fosilífero desvelado por el gran Valle del Rift

Hace millones de años, la actividad tectónica del Rift y las periódicas erupciones de cenizas volcánicas sepultaron y preservaron esqueletos y herramientas de nuestros ancestros en sucesivas capas sedimentarias.

Cuando un río milenario erosionó el terreno creando el cañón actual, expuso millones de años de historia evolutiva perfectamente legibles como las hojas de un libro geológico abierto.

El museo de Olduvai y las huellas de Laetoli

El vanguardista museo situado al borde del barranco exhibe réplicas exactas del cráneo de Zinjanthropus (Paranthropus boisei) de 1,75 millones de años y de las famosas huellas fosilizadas de Laetoli (dejadas por tres Australopithecus afarensis caminando erguidos sobre ceniza húmeda hace 3,6 millones de años). Los guías locales explican el yacimiento durante la visita.

Parada estratégica: Planifica una parada de hora y media en Olduvai durante el trayecto por tierra entre Ngorongoro y Seronera; el museo está en el borde del cañón y ofrece vistas sobre la garganta.

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La cuna paleontológica de la Humanidad, los Leakey y las huellas de Laetoli

Emplazada en las vastas llanuras orientales del ecosistema del Serengeti, dentro de los límites del Área de Conservación de Ngorongoro en el norte de Tanzania, la Garganta de Olduvai —cuyo nombre correcto en lengua masái es Oldupai, en alusión a la planta silvestre de sisal que prolifera en la zona— es uno de los yacimientos paleoantropológicos y arqueológicos más trascendentales y decisivos del planeta.

Este cañón de unos noventa metros de profundidad y casi cincuenta kilómetros de longitud fue tallado pacientemente por un río estacional a lo largo del Gran Valle del Rift, dejando al descubierto estratos geológicos sedimentarios y cenizas volcánicas acumuladas durante más de dos millones de años.

La fama mundial de Olduvai se debe a las pioneras y prolíficas excavaciones científicas iniciadas en la década de 1930 por los insignes paleontólogos Louis y Mary Leakey.

Sus meticulosas investigaciones sacaron a la luz fósiles determinantes que transformaron para siempre la comprensión científica sobre el origen de nuestra especie, demostrando de forma incontrovertible que África fue la auténtica cuna biológica y evolutiva de la humanidad.

Entre sus descubrimientos más célebres sobresalen el cráneo fósil de Paranthropus boisei ('Zinjanthropus' o 'el Hombre cascanueces'), con una antigüedad estimada en casi dos millones de años, y los primeros restos óseos de Homo habilis, un homínido asociado a la fabricación de herramientas de piedra tallada (cantos rodados con filo tallado en un solo lado), propias de la cultura lítica olduvayense, que toma su nombre de este yacimiento.

En las inmediaciones del cañón se ubica un moderno centro de interpretación y museo de sitio que exhibe réplicas exactas de los fósiles hallados, herramientas líticas ancestrales y reproducciones de las célebres Huellas de Laetoli: el rastro de pisadas bípedas fosilizadas impresas sobre ceniza volcánica fresca hace más de tres millones y medio de años por individuos del género Australopithecus afarensis.

Asomarse a los miradores de la garganta mientras pastores masáis guían sus rebaños de cabras bajo el cielo africano constituye una experiencia conmovedora sobre el devenir de nuestra especie.

  • Contemplar la estratigrafía geológica del cañón donde se descubrieron los primeros fósiles de Homo habilis.

  • Conocer en el museo de sitio los trascendentales hallazgos realizados por Louis y Mary Leakey.

  • Aprender sobre las milenarias herramientas líticas de piedra tallada de la cultura olduvayense.

  • Descubrir la réplica de las huellas fósiles bípedas de homínidos halladas en el yacimiento de Laetoli.

Un cazador de mariposas y el primer aviso

La historia científica de Olduvai arranca antes de los Leakey. En 1911, el alemán Wilhelm Kattwinkel, que perseguía mariposas por la región, estuvo a punto de caer por el borde del barranco y, al asomarse, vio huesos fósiles asomando en las paredes.

Aquel tropiezo llevó a otros investigadores germanos a organizar expediciones en los años siguientes, y las primeras colecciones salieron hacia Europa para su estudio. Esa fase inicial dejó claro que el lugar guardaba restos de animales extinguidos, aunque todavía nadie sospechaba el peso que tendría para entender a nuestros antepasados.

El relevo lo tomó la pareja Leakey, que volvió una y otra vez durante décadas con paciencia casi obstinada.

Lo que hoy se resume en un par de líneas fue en realidad un trabajo de campañas largas, con cribado de tierra y comparación de piezas, hasta que las herramientas de piedra y los huesos humanos empezaron a encajar en una secuencia cronológica coherente.

Un antiguo lago y la fauna que ya no existe

Hace más de un millón de años, el fondo de la garganta no era un cañón seco sino la orilla de un lago poco profundo, rodeado de pastizales y de zonas boscosas.

Los estratos más antiguos conservan huellas de ese paisaje: sedimentos finos, restos de plantas y huesos de animales que acudían a beber.

Entre los fósiles aparecen formas gigantes de especies que hoy conocemos más pequeñas, como parientes de cerdos, antílopes y équidos, lo que demuestra que el ecosistema era muy distinto del actual.

Mirar las capas con esa idea en mente cambia la visita. Cada banda de color en la pared corresponde a una época concreta, con ceniza volcánica de por medio, y los guías suelen señalar dónde estaban los campamentos de los homínidos junto al agua.

Es un ejercicio de imaginación que convierte un tajo árido en un escenario vivo del pasado remoto.