Luis XIV mandó destruir la fortaleza de la Colline du Château
La Colline du Château, cuna de la antigua Nikaia griega, albergó desde el siglo XI una ciudadela militar que resistió numerosos asedios hasta su destrucción total en 1706 por orden de Luis XIV, durante la Guerra de Sucesión Española. En 1822, el rey de Cerdeña cedió la colina para convertirla en jardín público. Hoy es uno de los miradores más conocidos de la ciudad, al que se sube a pie o mediante ascensor.
Por Florencia
- Ubicación
- Extremo este de la bahía de los Ángeles, Niza
- Origen
- Colonia griega Nikaia, hacia el siglo IV a.C.
- Destrucción de la fortaleza
- Año 1706, por orden de Luis XIV
- Jardín público desde
- Año 1822
La Colline du Château domina el extremo este de la bahía de Niza.

De colonia griega a ciudadela inexpugnable
Hacia el siglo IV antes de Cristo, colonos griegos se establecieron en estas laderas y fundaron Nikaia, atraídos por una fuente natural y por la posición dominante sobre la bahía.
Durante la Edad Media, la colina se transformó en una ciudadela militar con un pueblo en la cima, cuya resistencia se volvió legendaria frente a numerosos asedios a lo largo de los siglos.
La destrucción de 1706 y el nacimiento de un jardín
Esa resiliencia terminó en 1706, cuando Luis XIV ordenó la destrucción total de la fortificación, el castillo y la propia catedral que albergaba, en el marco de la Guerra de Sucesión Española.
La colina permaneció en ruinas durante más de un siglo, hasta que en 1822 el entonces rey de Cerdeña cedió el terreno para convertirlo en jardín público, con paseos y plantaciones.
Hoy, sus miradores ofrecen amplias vistas panorámicas de la Bahía de los Ángeles y del casco antiguo de la ciudad.
Qué queda de la antigua fortaleza
Quien llega esperando encontrar un castillo en pie se lleva una sorpresa: la destrucción ordenada por Luis XIV fue tan completa que sólo han sobrevivido cimientos, tramos de muro y algunos restos excavados.
Aun así, la meseta superior tiene un encanto particular, porque se puede caminar sobre el trazado de lo que fue la ciudadela y adivinar dónde estuvieron las estancias, las defensas y los edificios religiosos.
Los paneles informativos ayudan a situar cada vestigio, y el conjunto funciona casi como un yacimiento arqueológico al aire libre.
Esa historia de siglos de asedios, reconstrucciones y abandono le da a la colina un aire distinto al de un parque urbano corriente.
Mientras paseas entre los pinos, conviene recordar que bajo tus pies están las huellas de la ciudad medieval que se alzó en la cima antes de que todo se derribara.
La cascada, la torre y los miradores
En la parte oriental de la colina cae una cascada artificial levantada en el siglo XIX, que se ha convertido en una de las imágenes más reconocibles del lugar.
Verás cómo el agua baja entre rocas y vegetación, y cómo desde las terrazas cercanas se abre la perspectiva sobre el puerto. Es una parada agradable, sobre todo en los días de calor, por la frescura que aporta el sonido del agua.
En el extremo occidental se encuentra la torre Bellanda, un edificio redondo de origen defensivo que se reconvirtió en vivienda con el paso del tiempo.
Desde su entorno, el mirador se asoma a la bahía y al paseo marítimo, y es uno de los puntos donde más gente se detiene a hacer fotografías. Hay otros balcones repartidos por todo el recorrido, de modo que no hace falta competir por el mismo rincón.
Cuatro direcciones, cuatro paisajes
Una de las gracias de la colina es que cada lado ofrece una vista diferente. Hacia el oeste, la bahía de los Ángeles dibuja su curva larga, con el paseo de los Ingleses siguiendo la costa y, en los días claros, las montañas al fondo.
Hacia el este se ve el puerto de Niza, con sus barcos y sus fachadas de colores, y al norte los tejados de tonos ocres y rojizos del casco antiguo se apiñan a los pies de la ladera.
En la ladera oriental se extiende además el cementerio histórico de Niza, con secciones cristiana y judía, un lugar sobrio donde descansan numerosas familias de la ciudad. Si decides entrar, hazlo con respeto y sin alterar la tranquilidad del sitio.
Cómo organizar el paseo
La colina se sube a pie por escaleras y rampas desde el casco antiguo, o con un ascensor situado cerca de la torre Bellanda, y se baja por el otro lado hacia el puerto.
Una buena idea es subir por un lado y bajar por el opuesto, para aprovechar las distintas vistas sin repetir camino. Lleva agua y calzado cómodo, porque aunque no es una subida larga, el tramo de escaleras se nota en los días calurosos.
El atardecer es un momento especialmente bonito, porque la luz dorada cae sobre la bahía y tiñe los tejados del casco antiguo. Al bajar, tienes a mano el barrio viejo y su mercado de flores, así que la visita encaja muy bien en una jornada de paseo por el centro.





