Hatshepsut y sus tres terrazas fundidas con la roca de Deir el-Bahari

El Templo Funerario de Hatshepsut (Djeser-Djeseru, 'El Santo de los Santos'), construido en el siglo XV a.C. en el circo rocoso de Deir el-Bahari con Senenmut como probable arquitecto, es una obra maestra de la arquitectura clásica tebana. Destaca por sus tres grandiosas terrazas escalonadas con pórticos de columnas que se mimetizan de forma armónica con los verticales acantilados de piedra caliza.

Por

Ubicación
Deir el-Bahari, pie de los acantilados occidentales de Lúxor
Faraón constructor
Reina-faraón Hatshepsut (dinastía XVIII)

El Templo de Hatshepsut en Deir el-Bahari es uno de los monumentos más admirados y vanguardistas de Lúxor y todo Egipto. Diseñado para exaltar el reinado legítimo de una de las pocas mujeres que gobernaron como faraón durante la época de máximo esplendor imperial, su silueta recuerda las líneas arquitectónicas del clasicismo helénico, que llegaría muchos siglos después.

Terrazas monumentales con pórticos de columnas del templo funerario de la reina Hatshepsut en Deir el-Bahari, Lúxor.
Vyacheslav Argenberg (CC BY 4.0)

Las terrazas escalonadas de Senenmut

El templo se articula en tres inmensas plataformas superpuestas comunicadas por rampas procesionales centrales. En la Antigüedad, estas terrazas albergaban jardines de árboles de mirra e incienso traídos de tierras lejanas, irrigados por estanques artificiales.

El pórtico superior está custodiado por estatuas osiríacas de Hatshepsut tocada con la barba postiza real y el cayado y el látigo, símbolos supremos del poder faraónico.

Los relieves de la expedición al país de Punt

En el pórtico suroeste de la segunda terraza se conservan los célebres relieves de la expedición comercial y marítima a la mítica tierra de Punt (en el Cuerno de África).

Con un nivel de detalle etnográfico inaudito, los relieves narran el viaje de los navíos egipcios por el Mar Rojo, los pueblos locales viviendo en casas sobre pilotes sobre palmeras, los árboles de incienso transportados en cestas con raíces vivas, animales exóticos, y la recepción de la reina de Punt.

La capilla de Hathor: En el extremo sur de la terraza media se oculta la capilla de la diosa Hathor, donde los capiteles de las columnas reproducen el rostro de la deidad con orejas de vaca, conservando techos azules cubiertos de estrellas doradas.

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Una reina que se hizo faraón

Hatshepsut era hija de Tutmosis I y esposa de su hermanastro Tutmosis II. Cuando él murió, el heredero, Tutmosis III, era todavía un niño, y ella empezó actuando como regente.

Con el paso de los años dio un paso más: adoptó los títulos y los símbolos de un rey, y en las estatuas se la representó con atuendo masculino, con la barba postiza ceremonial.

Su reinado duró más de dos décadas y estuvo marcado por la paz, las obras públicas y el comercio con tierras lejanas. El templo de Deir el-Bahari es la gran declaración de ese poder: una obra pensada para que nadie dudara de que su lugar en el trono era legítimo.

Después de su muerte, muchas de sus imágenes fueron picadas y sus nombres, borrados de los muros. Durante mucho tiempo se ha atribuido esa destrucción a la venganza de Tutmosis III, aunque hoy los especialistas debaten cuándo se produjo y cuáles fueron sus motivos.

Cuando recorras las terrazas, fíjate en las huellas de esos golpes sobre los relieves: son un recordatorio de que la memoria oficial también podía reescribirse.

Un templo en diálogo con la montaña

Lo que más sorprende al llegar es la manera en que la arquitectura se integra con el paisaje. Los acantilados de piedra caliza forman un anfiteatro natural y las columnas rectas del templo repiten, a escala humana, las verticales de la roca.

Muy cerca se alzó siglos antes el templo funerario de Mentuhotep II, un edificio más antiguo que sirvió de inspiración a los constructores de la reina. Hoy ese vecino está mucho más arruinado, pero su presencia explica de dónde procede la idea de las terrazas y los pórticos.

El eje del templo apunta hacia Karnak, al otro lado del río, y se vincula con la fiesta del Valle, en la que la barca del dios Amón cruzaba el Nilo para visitar los santuarios de la orilla occidental.

Entender esa relación ayuda a leer el edificio como un escenario de procesiones, no solo como una tumba. El santuario más profundo se interna en la roca de la montaña, como si el espacio sagrado continuara dentro de ella.

Cómo organizar la visita

La explanada previa al templo es amplia y expuesta, así que lo mejor es aprovechar las primeras horas del día, cuando la luz rasante dibuja las columnas y el calor todavía no pesa. Las rampas que unen las terrazas son largas, y conviene subirlas sin prisa.

Desde la terraza superior se disfruta de una vista abierta hacia el valle cultivado y hacia el Nilo, con la línea verde de los campos contrastando con el desierto que te rodea.

Suele combinarse con el Valle de los Reyes, que queda justo al otro lado de la colina, y con los Colosos de Memnón, de camino de regreso hacia el río.

Para no repetir el mismo ritmo en toda la mañana, intercala una visita a las tumbas subterráneas con otra a un templo al aire libre.

Antes de ir, consulta en la web oficial las condiciones de acceso y los horarios, ya que los accesos al recinto han cambiado a lo largo de los años.

Para saber más