Cerbatanas, casas de bambú y danzas en la Aldea Cultural Mari Mari

La Aldea Cultural Mari Mari es un museo viviente inmersivo ubicado en la selva tropical de Kionsom, a media hora de Kota Kinabalu. Permite descubrir las casas tradicionales, rituales de cazadores de cabezas, cerbatanas de caza, cocina en bambú y danzas folclóricas de cinco de las etnias originarias de Sabah.

Por · Publicado el 11 de septiembre de 2026

Casas comunales tradicionales de madera y bambú de las tribus indígenas de Sabah en la aldea Mari Mari.
shankar s. from Dubai, united arab emirates, Wikimedia Commons (CC BY 2.0)

Un viaje etnográfico a las raíces de Sabah

La Aldea Mari Mari ofrece una aproximación cultural a la herencia indígena de Kota Kinabalu y el estado de Sabah en Malasia. A través de senderos rodeados de densa vegetación, los visitantes son recibidos por miembros de las distintas etnias vestidos con trajes ceremoniales.

Prácticas ancestrales y el trampolín Lansaran

En cada casa comunal se explica una faceta de la vida tribal: el tejido de fibras naturales entre los Rungus, la elaboración de licor de arroz montoku, o el tiro de dardos con cerbatana.

En la casa de los guerreros Murut, los visitantes pueden presenciar el salto en el lansaran, un trampolín elástico de madera asociado a las celebraciones de los Murut.

La experiencia culmina con un banquete de delicias locales y se complementa a la perfección con la visita a las exposiciones del Museo del Estado de Sabah.

Los pueblos de Sabah detrás de cada casa

Sabah es uno de los estados más diversos de Malasia en términos culturales, y esa variedad se refleja en el recorrido de Mari Mari.

Las etnias que se presentan en la aldea, entre ellas los Kadazan-Dusun, los Rungus, los Bajau, los Murut y los Lundayeh, tienen lenguas, costumbres y formas de construir propias.

Cada casa funciona como una pequeña lección de antropología: observa la distribución del espacio, los materiales y la forma en que se organizaba la vida familiar alrededor del fuego y de las zonas comunes.

Muchas de estas comunidades vivían de la agricultura de montaña, la caza y la recolección, y su relación con el entorno estaba cargada de creencias.

El arroz ocupaba un lugar central, tanto en la alimentación como en los rituales, y todavía hoy aparece en las celebraciones de la cosecha que se mantienen en el estado.

Comprender esa importancia te ayudará a interpretar mejor las demostraciones de cocina, los instrumentos y los objetos de uso cotidiano que verás durante la visita.

Conviene recordar que Mari Mari es una recreación pensada para visitantes, no un pueblo habitado de la forma que se muestra.

Las personas que te reciben interpretan tradiciones que sus familias conocen bien, y muchas de las prácticas que se escenifican, como los rituales vinculados a la caza de cabezas, pertenecen a épocas pasadas.

Verlo así te permite disfrutar la representación con respeto y sin confundirla con la vida actual de estas comunidades.

Cómo aprovechar la visita

La aldea está en plena vegetación tropical, así que el calor y la humedad forman parte de la experiencia.

Lleva ropa fresca y de secado rápido, repelente contra los mosquitos y calzado cerrado que no resbale, porque los caminos entre las casas pueden estar mojados incluso cuando no ha llovido ese día.

Una gorra y una botella de agua también vienen bien, sobre todo si coincides con las horas centrales de la jornada.

Las demostraciones suelen guiarse en grupos, con explicaciones en varios idiomas, y las actividades se van sucediendo de una casa a otra.

Participa cuando te lo propongan: probar la cerbatana, intentar encender fuego con métodos tradicionales o saltar en el lansaran resulta más divertido de lo que parece, y los anfitriones agradecen que te animes. Si tienes dudas sobre alguna costumbre, pregunta; suelen responder con ganas y con muchos detalles.

Es una visita de organización más bien estructurada, por lo que conviene informarse antes en la web oficial sobre el funcionamiento de las sesiones, las reservas y el transporte desde la ciudad.

Muchas personas la combinan con una mañana en el museo del estado, de modo que primero entienden el contexto histórico y después lo ven representado en directo. Si viajas con niños, es una opción muy agradecida, porque casi todo se aprende participando.

Una selva de cerca

Más allá de lo cultural, la ubicación de la aldea permite asomarte a la selva tropical que rodea Kota Kinabalu.

Escucha los sonidos de los insectos y las aves, fíjate en las plantas que se usan para construir, cocinar o fabricar herramientas, y ten en cuenta que muchas de ellas aparecen explicadas durante la ruta.

Es una buena ocasión para entender por qué la naturaleza ha sido siempre inseparable de la identidad de los pueblos de Borneo.