Avenida de los Baobabs: gigantes de ocho siglos al borde de la pista
La Avenida de los Baobabs (Allée des Baobabs) es una hilera monumental de árboles baobabs gigantes de la especie Adansonia grandidieri flanqueando una pista de tierra de doscientos sesenta metros entre Morondava y Belon'i Tsiribihina. Con troncos lisos de hasta treinta metros de altura y más de ochocientos años de edad, constituye el paisaje más fotografiado y legendario de Madagascar.
Por Daniel
La Avenida de los Baobabs (Allée des Baobabs) es una hilera monumental de árboles baobabs gigantes de la especie Adansonia grandidieri flanqueando una pista de tierra de doscientos sesenta metros entre Morondava y Belon'i Tsiribihina. Con troncos lisos de hasta treinta metros de altura y más de ochocientos años de edad, constituye el paisaje más fotografiado y legendario de Madagascar.
- Especie botánica
- Adansonia grandidieri (la mayor y más esbelta de las 6 especies endémicas)
- Dimensiones
- Hasta 30 metros de altura y 11 metros de diámetro de tronco
- Edad aproximada
- Entre 800 y 1.000 años de antigüedad
- Estatus de protección
- Monumento Natural Protegido desde 2007 (categoría III de la UICN)
- Momento óptimo
- Al amanecer (sin aglomeraciones) y al atardecer con luz dorada

Vestigio de un bosque tropical desaparecido
Los baobabs que hoy bordean la pista no crecieron originalmente en formación lineal aislada. Hace siglos formaban parte de una densa selva caducifolia virgen que cubría todo el oeste de Madagascar.
A medida que la población humana taló el bosque circundante para cultivar arroz y pastos, los agricultores respetaron deliberadamente a los baobabs por considerarlos sagrados ('renala', madre del bosque en malgache) y por su valor hídrico.
El espectáculo visual de la puesta de sol
Al caer la tarde, decenas de viajeros y familias locales se congregan en los márgenes de la pista de tierra roja.
Cuando el disco solar desciende sobre el horizonte del canal de Mozambique, las copas retorcidas de los árboles y sus colosales troncos anaranjados se recortan en dramáticas siluetas oscuras contra un cielo teñido de púpura, oro y carmesí.
Conservación comunitaria y ecoturismo
La gestión del monumento está coordinada por la asociación comunitaria Fanamby y guías locales de las aldeas vecinas.
Los ingresos generados por los pequeños aparcamientos y la venta de artesanía tallada en madera y semillas de baobab financian un vivero de reforestación que ya ha plantado miles de plántulas jóvenes para asegurar el relevo generacional de la avenida.
Cómo es el baobab de Grandidier
Los gigantes de la avenida pertenecen a Adansonia grandidieri, la especie de baobab más alta y esbelta de Madagascar y una de las seis que solo crecen en la isla.
Su tronco es casi cilíndrico, liso y de un tono gris rojizo, y sostiene en lo más alto una copa plana de ramas cortas que parece una raíz apuntando al cielo.
De ahí viene la imagen popular del árbol plantado al revés, que tantas culturas africanas y malgaches repiten en sus relatos sobre el baobab.
Buena parte del año los árboles están desnudos y las ramas quedan como un dibujo a lápiz sobre el cielo. Las hojas brotan con las lluvias y caen cuando llega la estación seca.
La madera es esponjosa y fibrosa, y el tronco funciona como un depósito de agua que el árbol va consumiendo durante los meses secos. Por eso su grosor puede variar ligeramente a lo largo del año, algo que sorprende a quien imagina que un árbol de este tamaño es inmutable.
La especie figura como amenazada en la Lista Roja de la UICN.
El problema no son tanto los ejemplares adultos, que la gente respeta, sino la falta de relevo: en los campos de arroz y en los pastos casi no quedan árboles jóvenes, y los incendios y el ganado acaban con muchas plántulas antes de que puedan crecer.
Qué ver a lo largo de la avenida
El tramo famoso es corto y se recorre a pie sin prisa.
Conviene caminarlo entero, de un extremo al otro, porque la perspectiva cambia mucho: desde el centro de la pista los troncos se alinean como columnas de una nave y desde los bordes aparecen los campos, los estanques y las casas de adobe de los alrededores.
Fíjate también en la textura de la corteza, marcada por cicatrices, nudos y huecos que cuentan siglos de sequías y tormentas.
La vida cotidiana es parte del paisaje. Por la pista pasan carros tirados por cebúes, bicicletas cargadas con sacos, niños que vuelven de la escuela y mujeres que llevan agua o leña.
Cuando llueve, los arrozales y charcas junto a la avenida se llenan y los baobabs se reflejan en el agua, una imagen muy buscada por los fotógrafos. En los meses secos el suelo se vuelve polvo rojo y el contraste con los troncos grises es igual de llamativo.
Curiosidades del renala
Los baobabs no forman anillos de crecimiento regulares como otros árboles, así que su edad no se puede contar en el tronco y se estima con otras técnicas, como la datación por radiocarbono.
Sus flores grandes y blancas se abren al anochecer y las visitan animales nocturnos, como murciélagos, pequeños lémures y mariposas nocturnas, que actúan como polinizadores.
La pulpa seca del fruto es comestible y de sabor ácido, y de las semillas se obtiene aceite; en los mercados de la región a veces se ven ambos productos.
Para muchas familias sakalava ciertos baobabs son sagrados y cortarlos o dañarlos es fady, es decir, tabú.
Esa mezcla de valor práctico y respeto espiritual explica en buena medida por qué los árboles sobrevivieron cuando el bosque que los rodeaba desapareció.
Hoy la avenida es también un símbolo nacional que aparece en postales, carteles, portadas de libros y hasta en el imaginario de quien nunca ha pisado Madagascar.
Consejos para la visita
La mejor época para llegar es la estación seca, que en el oeste de Madagascar va aproximadamente de abril o mayo a noviembre. Entre diciembre y marzo las lluvias pueden dejar las pistas embarradas y algunos trayectos de la zona se complican mucho.
Dentro del día, el amanecer y el atardecer son los momentos más bonitos: la luz es cálida y lateral, y hace menos calor. Al mediodía el sol cae a plomo y los troncos pierden relieve en las fotos.
Lleva agua, sombrero, protector solar y repelente de mosquitos, que salen en cuanto baja el sol. Si vas a quedarte a ver la puesta, ten a mano una linterna para volver al vehículo.
Una hora o dos alcanzan para caminar la avenida con calma; si quieres ver amanecer y atardecer, lo más práctico es dormir en Morondava. Respeta los cultivos y los caminos privados al buscar ángulos, y pide permiso antes de fotografiar a las personas.
Los accesos, posibles tasas de visita y condiciones pueden cambiar, así que conviene preguntar en Morondava antes de salir.
Qué ver cerca de la avenida
La avenida suele ser la primera parada de la ruta que sale de Morondava hacia el norte. A pocos kilómetros están los Baobabs Enamorados, dos troncos entrelazados que protagonizan una leyenda de amor sakalava, y otros ejemplares aislados que la población local venera.
Siguiendo la misma pista se llega a la Reserva Forestal de Kirindy, uno de los mejores lugares para buscar al fosa y ver lémures del bosque seco, y más allá al río Tsiribihina y a los Tsingy de Bemaraha.
Hacia el sur y la costa, Morondava ofrece playa, piraguas vezo y paseos por los manglares del delta.
Muchos viajeros combinan la avenida al atardecer con una jornada en Kirindy o con el viaje hacia los Tsingy, y reservan un último día para descansar frente al canal de Mozambique antes de volver a Antananarivo.





