Casi 27 metros de granito rojo: la Columna de Pompeyo
La Columna de Pompeyo es una colosal columna conmemorativa triunfal de granito rojo de Asuán erigida hacia el año 300 d.C. en honor al emperador romano Diocleciano. Con casi 27 metros de altura y casi 300 toneladas de peso, se yergue solitaria sobre la acrópolis de Alejandría sobre los vestigios del Serapeo, uno de los mayores templos grecorromanos de la ciudad.
Por Daniel
- Ubicación
- Colina de Bab Sidra, barrio de Karmouz, Alejandría
- Material del monolito
- Granito rojo de Asuán de 26,85 metros y capitel corintio
La Columna de Pompeyo es uno de los pocos monumentos de la Alejandría grecorromana que se han mantenido en pie desde la Antigüedad hasta nuestros días en Alejandría. Pese al equívoco nombre acuñado por los cruzados medievales (que creían erróneamente que custodiaba las cenizas del general romano Pompeyo tras su muerte en Egipto), la inscripción de su pedestal confirma su consagración a Diocleciano.

El templo perdido del Serapeo
La columna se levanta sobre los cimientos del fabuloso Serapeo, el santuario fundado por Ptolomeo III para el culto al dios sincrético Serapis (fusión de Osiris y Apis con deidades griegas como Zeus y Hades).
El templo fue uno de los más suntuosos del mundo helenístico y albergaba la célebre 'biblioteca hija' o anexo de la Gran Biblioteca de Alejandría, con miles de rollos de papiro, hasta su destrucción en el año 391 d.C.
Galerías subterráneas y el Nilómetro
Bajo la explanada de la columna sobreviven largas galerías subterráneas excavadas en la roca con nichos en las paredes donde se depositaban estatuillas votivas de culto, así como las escalinatas de un nilómetro monumental que servía para medir la altura de las aguas durante la crecida anual.
Por qué se levantó la columna
A finales del siglo III, Egipto vivió una revuelta contra el poder de Roma que llevó al emperador Diocleciano a ponerse al frente de sus tropas y sitiar Alejandría durante meses.
Tras recuperar la ciudad, el emperador tomó medidas para aliviar la situación de la población, entre ellas repartos de grano. La columna se erigió en ese contexto como homenaje de la ciudad y de las autoridades romanas al emperador, tal como recoge la inscripción griega grabada en su base.
Alrededor de este episodio circula una leyenda muy repetida en Alejandría.
Según cuenta, Diocleciano juró que la matanza en la ciudad rebelde no terminaría hasta que la sangre llegara a las rodillas de su caballo, pero el animal tropezó y se manchó las patas, y el emperador lo interpretó como una señal para detener la represión.
Es una historia sin base documental, pero ilustra bien cómo la memoria popular ha envuelto al monumento en relatos a lo largo de los siglos.
Un monumento con muchos nombres
El nombre de Columna de Pompeyo es sólo uno de los que ha recibido. Los alejandrinos la conocen tradicionalmente en árabe como Amud al-Sawari, cuyo significado exacto discuten los estudiosos.
Los viajeros europeos medievales y renacentistas, en cambio, difundieron la idea de que marcaba la tumba de Pompeyo, y ese nombre acabó imponiéndose en los mapas y en las guías de viaje.
Durante siglos, la columna fue además una referencia para los navegantes que se acercaban a la costa y un lugar obligado para los visitantes extranjeros, que a menudo dejaban su nombre grabado o incluso escalaban hasta el capitel.
Hoy ese tipo de hazañas está, por supuesto, prohibido, pero ayuda a entender la fascinación que el monumento despertó entre viajeros, dibujantes y escritores.
Qué ver en el recinto
El recinto arqueológico es más amplio de lo que parece desde la entrada, y merece la pena recorrerlo entero en lugar de quedarse sólo con la columna. Presta atención a los detalles que ayudan a imaginar cómo era el gran santuario que ocupaba esta colina:
Las dos esfinges de granito situadas cerca de la columna, que remiten al pasado egipcio del lugar.
Los restos de cimientos y basamentos del Serapeo, que permiten intuir la escala del templo.
La base de la columna, donde se lee la inscripción dedicada a Diocleciano y se aprecian los bloques reutilizados de edificios anteriores.
Las galerías excavadas en la roca bajo la explanada, cuando están abiertas a la visita.
Desde lo alto de la colina se tiene además una buena vista sobre el barrio de Karmouz y sobre la ciudad que se extiende alrededor.
Es un buen momento para recordar que la acrópolis de Alejandría, donde estaba el Serapeo, fue uno de los puntos más altos de la ciudad antigua, y que desde aquí el templo dominaba el paisaje urbano.
Un monolito traído desde Asuán
El fuste de la columna es una sola pieza de granito rojo extraída de las canteras de Asuán, las mismas de las que salieron muchos obeliscos faraónicos.
Trasladar un bloque de ese tamaño río abajo por el Nilo hasta la costa y ponerlo en pie sobre la colina fue una proeza técnica considerable. Se suele pensar que en lo alto, sobre el capitel corintio, se alzaba una estatua del emperador, hoy desaparecida.
Fíjate al acercarte en la diferencia de acabado entre el fuste pulido, el capitel y la base, que da pistas sobre cómo se ensambló el conjunto.
Para las fotos, la columna gana mucho si te alejas unos pasos hacia los bordes de la explanada: desde ahí entra entera en el encuadre junto a las esfinges y se aprecia su altura frente a los edificios del barrio.
La luz lateral de primera hora o del final de la tarde marca mejor el relieve del capitel y el color rojizo del granito, mientras que al mediodía el sol aplana el conjunto.
Si te interesa la historia, dedica también un rato a la base: es donde mejor se entiende que el monumento se levantó aprovechando piedras de construcciones anteriores.
El final del Serapeo
El Serapeo fue durante siglos uno de los grandes centros religiosos del mundo grecorromano.
A finales del siglo IV, cuando el cristianismo se había convertido en la religión oficial del imperio y se endurecieron las medidas contra los cultos tradicionales, el templo fue asaltado y destruido por grupos cristianos alentados por el obispo Teófilo.
El episodio se considera a menudo el símbolo del fin de la Alejandría pagana, aunque la pérdida de la biblioteca antigua fue un proceso más largo y complejo que un único acontecimiento.
Consejos para la visita
La visita es breve: entre media hora y una hora suele bastar para recorrer el recinto con calma. Casi no hay sombra, así que conviene ir temprano o a última hora de la tarde en los meses de calor, con agua y protección solar.
El suelo es irregular y hay escaleras, por lo que un calzado cómodo es lo más recomendable. Horarios y precios pueden cambiar, de modo que lo mejor es consultarlos en la web oficial antes de acercarte.
Qué ver cerca de la columna
Las catacumbas de Kom el-Shoqafa están a pocos minutos a pie, por lo que lo más práctico es combinar ambas visitas en la misma mañana. El barrio que las rodea es popular y animado, con mercados y comercios de barrio, una buena ocasión para ver la vida cotidiana de Alejandría.
Desde aquí puedes seguir en taxi hacia el centro para visitar el anfiteatro romano de Kom el-Dikka y el Museo Nacional, completando así un recorrido por la ciudad grecorromana.
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