El Alcázar de Sevilla, palacio mudéjar en uso y escenario de Dorne

El Real Alcázar de Sevilla, palacio fortificado de origen musulmán reconstruido en estilo mudéjar por Pedro I de Castilla en el siglo XIV, es la residencia real en uso más antigua de Europa todavía habitada por una familia real. Sirvió de escenario a Dorne en Juego de Tronos. Conviene consultar horarios y precios en la web oficial antes de ir.

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Ubicación
Patio de Banderas, s/n, junto a la Catedral, Sevilla

El Real Alcázar de Sevilla, junto a la Catedral, es la residencia real en uso más antigua de Europa.

Jardines del Real Alcázar de Sevilla, palacio mudéjar.
José Luis Filpo Cabana (CC BY 3.0)

Un palacio mudéjar construido por un rey cristiano

Aunque su origen se remonta a una fortificación musulmana anterior, el palacio que hoy puede visitarse fue en gran parte obra de Pedro I de Castilla, quien en el siglo XIV encargó su reconstrucción a artesanos mudéjares (musulmanes que trabajaban bajo dominio cristiano) siguiendo el estilo decorativo de la Alhambra de Granada, con yeserías caladas, azulejos geométricos y patios con estanques que crean una de las combinaciones arquitectónicas más singulares de España.

De Dorne en Juego de Tronos a residencia real activa

Sus jardines y patios sirvieron de localización para representar el reino de Dorne en la serie Juego de Tronos, lo que disparó su popularidad internacional en la última década.

A diferencia de otros grandes monumentos españoles, el Alcázar sigue siendo, en su planta alta (el Cuarto Real Alto, con entrada aparte), residencia oficial de la Casa Real cuando visita Sevilla, lo que lo convierte en la residencia real en uso más antigua de Europa.

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Jardines históricos, los Baños de Doña María de Padilla y el Patio de las Doncellas

El Patio de las Doncellas constituye el corazón neurálgico del palacio mudéjar promovido por el rey Pedro I en el siglo XIV.

Este espacio sublime sintetiza la maestría de los alarifes andalusíes traídos de Toledo y Granada: una alberca longitudinal rehundida flanqueada por arriates de arrayanes y galerías perimetrales de arcos polilobulados sobre esbeltas columnas de mármol.

Las yeserías primorosas combinan caligrafías árabes alabando al monarca castellano con lacerías geométricas y escudos heráldicos, mientras que los zócalos de azulejos de arista aportan reflejos de luz cambiantes a lo largo del día.

A escasa distancia, el más íntimo Patio de las Muñecas sorprende por la delicadeza de los pequeños rostros esculpidos que, según se cree, dan nombre a la estancia.

Bajo el antiguo Patio del Crucero se esconden los evocadores Baños de Doña María de Padilla, uno de los rincones más fotografiados y enigmáticos del conjunto palaciego.

Se trata de un gran aljibe subterráneo abovedado con arcos de crucería de piedra donde el agua quieta actúa como un espejo perfecto bajo la tenue iluminación natural cenital.

Vinculada a los amores del rey Pedro I con la noble María de Padilla, esta cripta umbría ofrece un refugio de frescor absoluto en los días calurosos y una atmósfera de silenciosa ensoñación.

Desde aquí es fácil comprender cómo la arquitectura palatina sevillana supo domesticar el agua y la sombra como elementos constructivos esenciales.

El recorrido exterior se expande a través de amplios jardines históricos que fusionan el paisajismo renacentista con la tradición botánica hispanomusulmana.

Pasear entre naranjos amargos, palmeras datileras, laberintos de mirtos y fuentes cantarinas permite descubrir joyas como el Pabellón de Carlos V, el Cenador del León y la Fuente de la Fama, dotada con un órgano hidráulico restaurado.

Los pavos reales caminan en libertad entre los setos, añadiendo una nota de color exótica a la visita. Dada la altísima demanda turística, conviene adquirir la entrada combinada oficial con varias semanas de antelación para asegurar turno matinal.

El Salón de Embajadores y su cúpula de media naranja

El Salón de Embajadores es la gran sala de gala del palacio de Pedro I y uno de los espacios que más se recuerdan después de la visita.

Lo cubre una cúpula de madera de media naranja, decorada con lacería dorada y estrellas que se multiplican hacia el centro, obra asociada a las reformas del siglo XV. Los arcos de herradura, las yeserías y los zócalos de azulejos rodean un salón donde cuelgan retratos de los monarcas españoles.

Conviene detenerse unos minutos bajo la cúpula, porque la luz que entra por los vanos cambia con las horas y el efecto de profundidad solo se aprecia sin prisa.

Mucha gente llega buscando un eco de la Alhambra, pero el salón tiene identidad propia: es el resultado del trabajo de artesanos mudéjares al servicio de un rey cristiano, y esa mezcla de culturas es la clave de todo el Alcázar.

Fíjate también en las inscripciones de las yeserías, donde las fórmulas escritas en árabe conviven con la memoria del monarca castellano que encargó la obra.

Del Palacio Gótico a la Casa de Contratación

Además del recinto mudéjar, el Alcázar guarda capas de otras épocas. El Palacio Gótico, vinculado a Alfonso X en el siglo XIII, ocupa un ala distinta y sus grandes bóvedas de crucería contrastan con el resto del conjunto.

En el Alcázar se celebró en 1526 la boda de Carlos V con Isabel de Portugal, y en este palacio se conservan tapices flamencos de gran formato relacionados con las campañas del emperador.

Es una parte del recorrido que suele recibir menos atención que los patios y que, sin embargo, ayuda a entender cuántos reyes pasaron por aquí.

Otro rincón con peso histórico es la Sala del Almirante, ligada a la Casa de Contratación que los Reyes Católicos fundaron en 1503 para organizar el comercio con América.

Allí se guarda el retablo de la Virgen de los Navegantes, una pintura del siglo XVI que muestra a marinos y descubridores bajo el manto de la Virgen.

Recorrer esta zona permite comprender por qué el Alcázar, la Catedral y el Archivo de Indias forman juntos un conjunto reconocido como Patrimonio Mundial por la UNESCO desde 1987, y por qué Sevilla fue durante siglos la puerta de las Indias.

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