Al pie del Cristo Redentor, con toda la bahía de Río a la vista

El Cristo Redentor es una colosal escultura art déco de 38 metros situada en la cima del cerro del Corcovado a 710 msnm, dentro del Parque Nacional da Tijuca en Río de Janeiro. Elegido como una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo Moderno, ofrece panorámicas completas de la bahía carioca.

Por · Publicado el 11 de septiembre de 2026

Vista aérea panorámica del cerro del Corcovado con el Cristo Redentor y el Pão de Açúcar en Río de Janeiro, Brasil.
LecomteB, Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)

La maravilla Art déco que corona la ciudad

Emplazado en el corazón de Río de Janeiro, el Cristo Redentor es el icono indiscutible de Brasil en el mundo.

La escultura fue diseñada por el ingeniero brasileño Heitor da Silva Costa y esculpida por el artista franco-polaco Paul Landowski, utilizando miles de pequeños mosaicos triangulares de esteatita (piedra jabón) colocados a mano.

El histórico tren del Corcovado y la selva de Tijuca

La forma más tradicional y paisajística de ascender es abordando el histórico Trem do Corcovado, un ferrocarril eléctrico de cremallera inaugurado por el emperador Don Pedro II en 1884. Durante el trayecto entre la densa Mata Atlántica, los pasajeros pueden divisar tucanes, monos tití y mariposas tropicales.

Desde sus balcones panorámicos se contempla el majestuoso Pan de Azúcar y las arenas de Copacabana.

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Ingeniería monumental de Paul Landowski y preservación del mirador

El Cristo Redentor, erigido en la cúspide del cerro del Corcovado a más de setecientos metros de altitud sobre la bahía de Guanabara, es uno de los mayores hitos de la escultura Art déco a nivel global y símbolo imperecedero de Río de Janeiro.

Concebido por el ingeniero brasileño Heitor da Silva Costa y materializado por el escultor franco-polaco Paul Landowski junto al artista rumano Gheorghe Leonida —quien modeló las facciones serenas del rostro—, el monumento se levantó a lo largo de varios años hasta su inauguración en 1931 mediante un prodigioso esfuerzo técnico en hormigón armado.

Una de las mayores singularidades del monumento reside en su delicado revestimiento exterior.

Para proteger la colosal estructura de las agresivas inclemencias meteorológicas del Atlántico tropical, Da Silva Costa recubrió la superficie con millones de pequeñas teselas triangulares de esteatita (pedra-sabão), un mineral extraído de canteras en Minas Gerais célebre por su maleabilidad y su prodigiosa resistencia a los choques térmicos y los rayos solares.

En el interior del pedestal de ocho metros de altura se aloja una pequeña capilla consagrada a Nuestra Señora de la Aparecida, patrona de Brasil, donde se celebran bautizos y bodas íntimas.

La iluminación nocturna del monumento, compuesta por proyectores led de bajo consumo que tiñen la escultura de blanco radiante o colores conmemorativos, constituye un faro espiritual visible desde casi cualquier rincón de la urbe.

El acceso tradicional se realiza a bordo del centenario Trem do Corcovado, un ferrocarril eléctrico de cremallera inaugurado originalmente en 1884 por el emperador Pedro II, que serpentea a través del denso dosel de la Mata Atlántica dentro del Parque Nacional da Tijuca.

Durante el ascenso, los pasajeros se sumergen en un bosque lluvioso exuberante habitado por tucanes de pico acanalado, monos tití y orquídeas salvajes.

Desde la plataforma superior a los pies de los brazos abiertos de la estatua, se disfruta de una perspectiva que abarca la laguna Rodrigo de Freitas, las playas de Ipanema y Copacabana y el perfil inconfundible del Pan de Azúcar.

  • Adquirir los billetes del tren cremallera con suficiente antelación para asegurar plaza y horario preferente.

  • Subir a primera hora de la mañana para evitar las horas de mayor concentración de visitantes en el mirador.

  • Aprovechar los ascensores panorámicos y rampas mecánicas habilitadas para personas con movilidad reducida.

  • Combinar el ascenso al Corcovado con una exploración de los senderos boscosos del Parque Nacional da Tijuca.

Una selva plantada a mano: el bosque de Tijuca

El bosque que rodea el Corcovado no siempre existió con este aspecto. A mediados del siglo XIX, la tala para cultivos de café y para obtener leña había dejado las laderas casi desnudas, y el suministro de agua de la ciudad corría peligro.

El gobierno ordenó entonces una repoblación forestal, encargada al comandante Manuel Gomes Archer, que con un equipo de trabajadores plantó miles de árboles durante años. El resultado es uno de los mayores bosques urbanos del mundo.

Esa historia cambia la manera de mirar la montaña. Cuando subas, recuerda que el verdor que te rodea fue una apuesta consciente por proteger el agua y el clima de la ciudad. Con tiempo, caminar por sus senderos es una excursión muy distinta a la del mirador.

Un monumento de colaboración internacional

La idea de coronar el cerro con un monumento religioso surgió décadas antes de su construcción. El proyecto final reunió a ingenieros brasileños, un escultor francés y otros artistas, y se inauguró en 1931.

En 2007 fue elegido como una de las nuevas siete maravillas del mundo en una votación popular. Más allá de su significado religioso, es un símbolo de identidad para los brasileños y un punto de encuentro para visitantes de todo el planeta.

Si las nubes cubren la estatua

El Corcovado es famoso por las nubes que lo envuelven con rapidez. Si llegas y no ves nada, no te desanimes: espera unos minutos, porque el cielo suele despejarse de forma intermitente.

Antes de subir, comprueba la previsión y escoge un día con buena visibilidad. Si es imposible, aprovecha para pasear por la ciudad y reservar el ascenso para otra jornada.

Lleva calzado cómodo, protector solar, agua y una chaqueta ligera. La plataforma superior puede ser ventosa y muy concurrida, de modo que conviene tener paciencia y respetar el turno para tomar fotografías.

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