Dos torres y un rosetón dan a la Sé do Porto su aire de fortaleza
La Sé do Porto, cuya construcción comenzó en la primera mitad del siglo XII y se prolongó hasta comienzos del XIII, presenta un marcado aspecto de fortaleza, con una fachada flanqueada por dos torres y un gran rosetón, reflejo del clima bélico de la Reconquista. En el mismo lugar existió antes un templo prerrománico. Hacia 1736, el arquitecto italiano Nicolau Nasoni añadió una galilea barroca a la fachada lateral.
Por Florencia
- Ubicación
- Zona alta del centro histórico de Oporto
- Construcción
- Primera mitad del siglo XII a comienzos del XIII
- Estilo
- Románico, con añadido barroco de Nasoni en 1736
- Iniciada por
- El obispo D. Hugo
La Sé do Porto es la catedral fortificada del centro histórico de Oporto.

Una catedral con aspecto de castillo
Antes de la actual catedral existió en este lugar un templo prerrománico, que parece haber dejado paso a la construcción románica actual.
El obispo D. Hugo inició la construcción de la actual Sé y de sus murallas protectoras en el siglo XII, con obras que se completaron a comienzos del siglo XIII.
El estilo, marcadamente románico, muy extendido en el norte de Portugal en la época, le da a la catedral un aspecto de iglesia-fortaleza, con una fachada flanqueada por dos torres y un gran rosetón que reflejan el clima bélico de la Reconquista.
La huella barroca de Nicolau Nasoni
El edificio sufrió modificaciones durante los períodos manierista y barroco, y hacia 1736 el arquitecto italiano Nicolau Nasoni, el mismo que diseñó la Torre dos Clérigos, añadió una elegante galilea barroca a la fachada lateral de la catedral, un contraste deliberado con la sobriedad románica del resto del edificio.
Hoy, la Sé do Porto sigue siendo uno de los templos religiosos más importantes de la ciudad, con un claustro gótico y vistas privilegiadas sobre los tejados de la Ribeira.
El claustro gótico y los paneles de azulejos marianos
Uno de los espacios de mayor recogimiento y belleza estética de la catedral es su claustro gótico, edificado a finales del siglo XIV bajo el reinado de Juan I. En el siglo XVIII, las galerías ojivales fueron enriquecidas con monumentales paneles de azulejos cerámicos en tonos blanco y azul cobalto.
Estas composiciones murales fueron pintadas por Valentim de Almeida entre 1729 y 1731 e ilustran pasajes alegóricos inspirados en el bíblico Cantar de los Cantares. La luz natural ilumina los arcos de piedra caliza, creando un contraste armónico entre la arquitectura medieval y la sensibilidad barroca.
Desde el claustro se accede a la Casa do Cabido, donde se expone el valioso Tesoro de la Catedral. En sus salas capitulares se custodian cruces procesionales, cálices enjoyados y vestiduras litúrgicas bordadas con hilos de seda y pedrería.
La contemplación de estas piezas sacras revela la enorme riqueza material acumulada por la diócesis durante los siglos de expansión ultramarina.
El altar de plata salvado de las tropas napoleónicas
En el interior del templo destaca de forma sobresaliente la Capilla del Santísimo Sacramento, situada en el transepto izquierdo. Su pieza central es un monumental retablo de plata labrada concluido en la segunda mitad del siglo XVII por orfebres portugueses.
El frontal presenta escenas eucarísticas ejecutadas con una maestría en el repujado que asombra por su viveza anatómica y precisión ornamental.
Este retablo de plata sobrevivió al saqueo de las tropas invasoras francesas del general Soult en 1809. Ante la inminente entrada de los soldados napoleónicos, se levantó apresuradamente un tabique de yeso cubierto de pintura gris frente al retablo.
Los invasores pasaron de largo sin sospechar que tras la humilde pared se ocultaba el retablo de plata.
El Terreiro da Sé, la picota y las vistas de Barredo
La explanada exterior que rodea la basílica, conocida como Terreiro da Sé, es un buen mirador sobre el casco antiguo de Oporto. En el centro de la plaza se yergue el pelourinho, una columna de piedra de fuste retorcido levantada en 1945 a partir de un dibujo de 1797.
Junto al templo se alza la imponente fachada blanca del Paço Episcopal, antigua residencia de los prelados portuenses.
Desde la balaustrada de la plaza contemplarás un laberinto de tejados ocres, tendederos y callejones oscuros que descienden precipitadamente hacia el río. Se trata del histórico barrio de Barredo, una de las zonas más auténticas de la ciudad medieval.
Tomar las empinadas escaleras de piedra de la Escada das Verdades desde la catedral te llevará en pocos minutos hasta el muelle de la Ribeira.
Una boda real en la catedral
Entre los episodios históricos ligados a la Sé destaca la boda del rey Juan I de Portugal con Filipa de Lancaster, celebrada en Oporto en 1387.
Aquella unión sellaba la alianza luso-inglesa, una de las más duraderas de la historia europea, y dio origen a una generación de príncipes que marcaría la expansión marítima portuguesa.
Entre ellos figura el infante Enrique el Navegante, nacido en Oporto, cuyo nombre aparece una y otra vez en la memoria de la ciudad.
Saberlo cambia la manera de mirar el templo. Lo que a primera vista parece un edificio austero se convierte en escenario de acontecimientos que influyeron en el rumbo del país y que vinculan a Oporto con los orígenes de la época de los descubrimientos.
Un templo que creció con la ciudad
La catedral fue levantada sobre una colina, en el punto más elevado del núcleo antiguo, y su silueta aún conserva la sobriedad de la arquitectura románica con la que fue concebida.
Con el paso de los siglos recibió añadidos góticos y barrocos, de modo que hoy ofrece un recorrido por distintas etapas constructivas. Esta superposición de estilos es habitual en las catedrales históricas, pero aquí resulta especialmente legible gracias a la claridad de sus volúmenes.
El conjunto forma parte del centro histórico de Oporto, inscrito por la Unesco como Patrimonio Mundial en 1996. Esa distinción reconoce el valor de un tejido urbano que ha conservado su carácter medieval, con callejuelas empinadas, casas de granito y miradores sobre el río.
Al salir, camina un poco por la explanada y asómate hacia los tejados y las escaleras que descienden al Duero.
Desde esta altura se entiende muy bien por qué los habitantes de la ciudad eligieron este lugar para erigir su templo principal: era visible, defendible y, al mismo tiempo, un símbolo de identidad compartida.





