Subir de noche al Monte Sinaí para ver amanecer sobre el desierto
El Monte Sinaí (Gebel Musa o Montaña de Moisés), con 2.285 metros de altitud, es la cumbre sagrada de Egipto donde, según la tradición bíblica y coránica, Moisés recibió las Tablas de la Ley con los Diez Mandamientos. La ascensión nocturna para presenciar el amanecer sobre el mar de montañas desérticas es una de las experiencias espirituales y paisajísticas más conocidas de Egipto.
Por Daniel
- Ubicación
- Península del Sinaí, junto a Santa Catalina (a 220 km de Sharm el-Sheij)
- Altitud de la cumbre
- 2.285 metros sobre el nivel del mar
- Duración del trekking
- Unas 2,5 horas a pie por el Camino de los Camellos, según el ritmo
- Temperatura en cumbre
- Muy fría (puede bajar de 0 °C en invierno); abrigo imprescindible
El ascenso al Monte Sinaí es una peregrinación física y espiritual que trasciende credos religiosos en Egipto. Accesible en excursión nocturna desde Sharm el-Sheij, alcanzar su cumbre de granito al alba es contemplar el despertar de la creación geológica.

Las dos rutas de ascenso: camellos o escalones
El ascenso se inicia habitualmente en torno a las dos de la madrugada desde la explanada del Monasterio de Santa Catalina.
La ruta más accesible es el Camino de los Camellos (Siket El Bashait), una senda ancha en pendiente constante que serpentea por la ladera, jalonada por pequeños puestos beduinos donde reponer fuerzas con té caliente y mantas.
La ruta tradicional alternativa es la Escalinata del Arrepentimiento (Siket Sayidna Musa), un empinado sendero de 3.750 escalones de piedra rústicos que, según la tradición, labró un monje como penitencia.
Los 750 escalones finales y el amanecer en la cima
Ambas rutas confluyen en la cuenca de Elías, donde un centenario ciprés marca el inicio del último tramo ineludible: setecientos cincuenta escalones de piedra empinados que coronan la cumbre. En la cima se erigen una pequeña capilla ortodoxa dedicada a la Santísima Trinidad y una mezquita.
Cuando el horizonte oriental comienza a clarear, las crestas rocosas de granito rojo del macizo del Sinaí se encienden sucesivamente en tonalidades violetas, rosadas y doradas, revelando un mar infinito de picos desérticos de gran solemnidad.
Equipamiento indispensable: Lleva linterna frontal para la caminata nocturna, calzado de trekking con buen agarre, guantes y varias capas de ropa térmica cortavientos; aunque en la costa haga calor, en la cumbre el viento helado es cortante antes de la salida del sol.
Planifica tu viaje a Sharm el-Sheij y la Península del Sinaí:
Geología granítica, espiritualidad del Sinaí y el descenso matinal
El macizo del Monte Sinaí, conocido localmente en árabe como Gebel Musa o Montaña de Moisés, se alza a 2.285 metros sobre el nivel del mar como un coloso de granito rojo esculpido por eones de erosión eólica en el corazón de la península sinaítica.
Desde su cima escarpada, el amanecer ofrece un espectáculo de luz y color: a medida que el primer disco solar asoma por el horizonte oriental, la sombra piramidal del pico se proyecta sobre los valles circundantes y las cordilleras desnudas mutan de un frío color violáceo hacia tonalidades ocres, cobrizas y rojizas incandescentes, conformando un mar de cumbres pedregosas que parece extenderse hacia el infinito.
Más allá de su innegable magnetismo paisajístico, la montaña custodia una trascendencia espiritual ecuménica sin parangón, al ser venerada por el cristianismo, el judaísmo y el islam como el escenario bíblico donde Moisés recibió las Tablas de la Ley tras cuarenta días de retiro.
En la pequeña planicie de la cumbre se yerguen una modesta capilla ortodoxa dedicada a la Santísima Trinidad, construida en la década de 1930 sobre las ruinas de una iglesia del siglo XVI, y una pequeña mezquita contigua, simbolizando la convivencia histórica de las tradiciones monoteístas en este territorio sagrado.
El descenso tras la salida del sol, que la mayoría de excursionistas realiza por la denominada Senda de los Pasos del Arrepentimiento (una empinada escalera de unos tres mil setecientos cincuenta peldaños de roca), permite descubrir cañones profundos, arcos naturales de piedra como la Puerta de San Esteban y la planicie de Elías con su milenario ciprés solitario.
Conviene utilizar calzado de senderismo con buen agarre y bastones de apoyo para proteger las articulaciones durante la bajada, así como abrigarse en capas térmicas que puedan retirarse gradualmente conforme el sol calienta el desfiladero.
Una montaña para tres religiones
El Sinaí ocupa un lugar central en la tradición judía, cristiana e islámica. Según los textos sagrados, en esta montaña Moisés recibió las tablas de la ley, y por eso el cerro es conocido en árabe como Gebel Musa, la montaña de Moisés.
Para los creyentes, ascenderla es un acto de devoción; para otros, un recorrido hacia un paisaje donde la historia y el desierto se unen. En la cima hay una pequeña capilla cristiana y una mezquita, signo de esa herencia compartida.
Subir con esa idea en mente cambia el modo de caminar. Muchos peregrinos avanzan en silencio, otros rezan o cantan en voz baja, y los guías suelen pedir respeto hacia quienes viven la ascensión como experiencia espiritual.
El monasterio al pie de la montaña
El monasterio de Santa Catalina, fundado en el siglo VI, se levanta en el valle bajo la montaña y es uno de los más antiguos del mundo cristiano que siguen en uso. La UNESCO lo reconoció como Patrimonio Mundial en 2002.
Conserva una biblioteca de manuscritos de enorme valor, iconos de varios siglos y una zarza que, según la tradición, representa la del episodio bíblico. Si puedes, reserva tiempo para conocerlo antes o después de la ascensión, respetando las normas de vestimenta y de visita.
Prepararte para el frío y la oscuridad
Aunque el día haya sido caluroso, la madrugada en la montaña puede ser fría, y en invierno incluso helada. Lleva varias capas, un gorro, guantes y una chaqueta cortavientos, además de una linterna frontal con pilas de repuesto.
Camina despacio, bebe agua con regularidad y haz pausas cuando las necesites. Los beduinos de la zona ofrecen té caliente y mantas en los puestos del camino; aceptar su hospitalidad forma parte de la ruta.





