Balsas de totora, juncos atados que inspiraron a Thor Heyerdahl
Las balsas de totora son las embarcaciones tradicionales milenarias del Lago Titicaca en Puno, construidas enteramente con haces apretados de juncos de totora. Diseñadas para la pesca y el transporte comunal, inspiraron expediciones transoceánicas de Thor Heyerdahl.
Por Enrique P. · Publicado el 11 de septiembre de 2026

La ingeniería naval de las fibras vegetales andinas
En las frías aguas del Lago Titicaca en Puno, la balsa de totora representa una de las tecnologías de navegación más antiguas y sostenibles de América precolombina. Su flotabilidad excepcional y elasticidad permiten surcar las olas del lago con extrema suavidad.
De la pesca lacustre a las rutas transoceánicas
Los artesanos atan miles de tallos secos en rollos cilíndricos densos que luego se ciñen con sogas de cabuya trenzada hasta formar el casco hidrodinámico. Las balsas grandes que hoy se usan en los paseos turísticos lucen imponentes mascarones de proa inspirados en la fauna totémica andina.
La fama de los constructores de totora del Titicaca trascendió fronteras cuando el explorador noruego Thor Heyerdahl reclutó a maestros indígenas para edificar la balsa de papiro Ra II, con la que cruzó el océano Atlántico en 1970.
Navegación turística: Durante la visita a los Uros se puede experimentar un paseo apacible de 15 minutos en balsa de totora impulsada a remo por comuneros locales.
Explora más sobre Puno y Perú:
El corte comunal y la preservación del ecosistema de los totorales
La confección de las tradicionales balsas de totora depende estrictamente de la salud ecológica de los extensos totorales que pueblan la Reserva Nacional del Titicaca.
Los comuneros uros y quechuas cosechan los tallos verdes de Schoenoplectus californicus cortándolos con machetes desde pequeñas canoas durante las primeras horas de la mañana, seleccionando únicamente las fibras más altas y resistentes para asegurar que el rizoma submarino continúe germinando sin alterar el equilibrio lacustre.
Una vez recolectada, la totora se extiende en atados sobre las islas o en la orilla para someterla a un secado minucioso bajo la intensa radiación solar del altiplano, proceso que endurece las fibras y elimina la humedad interna antes del trenzado final.
Además de servir para construir embarcaciones, la totora es un recurso básico para el pueblo uro, cuya parte tierna inferior, conocida como chullo, se consume cruda aportando sales minerales indispensables en la dieta andina.
El trenzado de una embarcación mayor demanda el trabajo coordinado de varias familias a lo largo de varias semanas, empleando cuerdas vegetales tejidas a mano para apretar los haces con fuerza.
Las naves terminadas, con sus proas zoomorfas inspiradas en felinos o serpientes sagradas, no solo cumplen funciones de transporte local, sino que encarnan un patrimonio inmaterial que resiste al paso de los siglos.
Observar las tareas de corte de totora que realizan los comuneros al amanecer en los totorales protegidos.
Comprender la importancia del secado al sol de la fibra vegetal antes de proceder al amarre de los haces.
Conocer el uso comestible del chullo, la parte tierna del tallo vegetal que los lugareños consumen fresca.
Respetar el trabajo artesanal de los tejedores uros contratando paseos tradicionales en sus propias balsas.
Un lago sagrado en las alturas
El lago Titicaca se sitúa a unos 3.800 metros sobre el nivel del mar y figura entre los lagos navegables más elevados del mundo. Para las culturas andinas es un espacio sagrado.
Según la tradición inca, de sus aguas, cerca de la isla del Sol, surgieron Manco Cápac y Mama Ocllo, los fundadores de la dinastía que daría origen al Cusco. Esa carga simbólica enriquece cualquier paseo en balsa, aunque dure poco.
Antes de los incas, pueblos como los pukara y los tiwanaku vivieron en torno al lago y aprovecharon sus recursos. La totora, una planta acuática que crece en las orillas, fue desde entonces una aliada indispensable: servía para fabricar embarcaciones, techos, esteras y hasta islas flotantes.
Una planta para casi todo
La totora se parece a un junco de tallo verde y fibroso. Cuando está fresca, es flexible y ligera; al secarse al sol, adquiere un tono dorado y gran resistencia.
Las familias de la zona la emplean para construir sus balsas, pero también para cubrir cabañas, tejer esteras, elaborar pequeñas figuras artesanales y alimentar al ganado. Algunas partes de la planta se han usado en la medicina tradicional.
Una balsa de totora no dura para siempre. Con el tiempo, la fibra absorbe agua y se deteriora, por lo que es necesario renovar la embarcación con regularidad. Ese ciclo constante de corte, secado, atado y reposición mantiene vivas las técnicas heredadas de generación en generación.
Visitar con respeto
Al subir a una balsa, escucha con atención lo que cuentan los remeros y pregunta con interés, pero sin apremiar. Pide permiso antes de fotografiar a las personas, compra artesanías directamente a quienes las elaboran y acepta con naturalidad las explicaciones sobre la vida en el lago.
Una visita bien llevada no solo ofrece un paseo, sino también un modo de apoyar a las comunidades que conservan un saber milenario.
Lleva sombrero, protector solar y una chaqueta, ya que el sol de altura es intenso y el viento sobre el agua enfría con rapidez. Si no estás acostumbrado a la altitud, camina despacio, bebe agua y evita esfuerzos innecesarios.





